¿Hay contradicción entre la radicalidad de la noviolencia y la vocación mayoritaria? ¿Vocación mayoritaria implica rebaja de objetivos?

Elena Grau. Miembro de En Pie de Paz  y Casa de les Dones de Cerdanyola del Vallès

No sé si voy a contestar a las preguntas que planteáis, pero intentarlo me ha llevado a volver a pensar sobre desobediencia civil, noviolencia activa, mayorías y minorías repasando mi propio recorrido.

Entré en contacto con la noviolencia activa a través de la experiencia del campamento de mujeres de Greenham Common y de algunos amigos del MOC que participaron en el colectivo de la revista En Pie de Paz, a mediados de los ochenta. En aquel momento, junto con otras mujeres, explorábamos el terreno de la política con ojos nuevos después de la experiencia de militancia en partidos de izquierda. En esta exploración yo diría que los dos nudos de luz fueron la reflexión feminista y la noviolencia activa.

Pensándolo desde ahora, me parece que se debió a que la práctica de la noviolencia y la práctica feminista de interrogar la experiencia de las mujeres, de partir de nosotras mismas, tienen en común la idea de que lo personal es político y también la extrañeza con respecto al orden dominante.

La noviolencia y el feminismo parten de la interpelación personal. Saben que la primera desobediencia es interpelarse acerca de los discursos sobre la realidad; que la política empieza en ese partir de una misma, que cambia la relación con las otras personas. No contraponen la responsabilidad respecto de la propia vida –la de hacer lo que se predica o la de cuidar lo cercano, por ejemplo, a las personas queridas– a la responsabilidad con respecto al mundo, de cuidar el mundo.

La noviolencia y el feminismo comparten también la extrañeza, la ajenidad con respecto a la forma normalizada de ver el mundo, de atribuir significados. Hacen política de la extrañeza. Es decir, sitúan su mirada fuera del orden de “lo único posible” y, al hacerlo, abren otras posibilidades de significado, de pensamiento, de propuesta y de práctica.

La idea de extrañeza la he tomado de Virginia Wolf, de su libro Tres Guineas. Según ella, la extrañeza de las mujeres viene de muy lejos, de toda su experiencia de exclusión y minorización en la sociedad patriarcal. Pero ella propone que las mujeres la conviertan en política propia, es decir, en política que no utilice y reproduzca los mecanismos de la política convencional, la que conocemos como tal, sino que ponga en juego los recursos que proceden de la experiencia femenina. Es bien conocida la respuesta dada a su interlocutor al final del libro: “La mejor manera en que podemos ayudarle a evitar la guerra no consiste en repetir sus palabras y en seguir sus métodos, sino en hallar nuevas palabras y crear nuevos métodos.[1]

Y en la misma revolución auspiciada por el feminismo, como ha señalado Clara Jourdan, “La práctica del movimiento de las mujeres no ha propuesto un conflicto destructivo, de destruir a los varones. Ha intentado un conflicto relacional, es decir, ha intentado modificar la relación.[2]” Se ha sustraído al mecanismo de la fuerza sin renunciar al conflicto, para no perpetuar la dominación.

Yo creo que la desobediencia civil noviolenta hace también política de la extrañeza porque al negarse a utilizar la violencia quiebra un elemento central del actual orden dominante, ya que la violencia está en el corazón de las relaciones de poder.

Como decían las mujeres de Greenham, su campamento guiado por la práctica de la noviolencia activa frente a la base creaba una situación que ponía de manifiesto la existencia de “dos sistemas de valores opuestos, el uno delante del otro, pero uno a cada lado de la verja[3].”

Tal vez lo más importante que aprendimos de ellas es que, puesto que se trata de dos órdenes opuestos, la acción más eficaz no es el enfrentamiento que gira en torno al poder, que al fin y al cabo nos deja prisioneros de su lógica; sino la confrontación en lo simbólico.

Ésta abre la posibilidad de hacer visible la otra cara, el sesgo (de dominio, de parcialidad sexuada, de exclusión, etc.) que hay en la interpretación/representación dominante de la realidad. Y también abre la posibilidad de ver que hay otras formas de mirar la realidad, de pensar el mundo. La noviolencia y el feminismo tienen esa capacidad de apertura simbólica más allá de lo “único posible”, según el discurso hegemónico.

La fuerza de esta política de la extrañeza, que también se ha llamado política de lo simbólico, no está en los números sino en que hace posible mirar de otro modo. Un modo que parte de la interpelación personal y que permite a cada persona “Pensar sin barandillas”, como decía Hannah Arendt, o, en palabras de Giulia Adinolfi, “Pensar de una vez, no utilizar las ideas”.

Esto es lo que hace cualquier persona que participa en una acción de desobediencia civil noviolenta. Desobedecer lo que se supone que se debe hacer requiere preguntarse –de uno en uno– sobre el sentido de lo que se da por supuesto; es decir, cuestionar la ideología dominante y buscar un sentido propio a lo que hacemos. Luego, en la acción noviolenta se pone en juego la persona individual, el propio cuerpo. Uno de los mayores desafíos de la noviolencia consiste en hacer discurso político a partir de la fragilidad de cada cuerpo expuesto a la acción sistemática de la violencia organizada que representa la fuerza represiva del estado.

Desde esta mirada no me parece que se puedan poner en relación –en este caso inversa– la radicalidad de los objetivos y el número de personas que se movilizan.

La radicalidad de la desobediencia civil y la noviolencia activa cuando son la práctica de una minoría aportan apertura simbólica. Su radicalidad consiste en hacer visible por medio de un solo acto, realizado por personas de carne y hueso, la inconsistencia de lo que se da por supuesto: que el discurso hecho desde el poder es incuestionable. Es decir, socavan de raíz la mirada única. A partir de ese acto de desafío y de compromiso personal, se puede iniciar la otra mirada –la de la interpelación– en otras muchas personas.

Esto no significa que no demos importancia a los números. Pero para mí el paso de los pequeños a los grandes números no tiene que ver con el grado de radicalidad, sino con la apertura –el cambio– en el orden simbólico con el que operamos.

¿Cuándo se puede hacer mayoritaria esa desobediencia? Cuando mucha gente se siente interpelada.

En Catalunya, en cierto sentido, esto ocurrió durante las movilizaciones contra la invasión de Irak.

El mero hecho de decir “No a la guerra” creo que significaba afirmar que la guerra no es la forma válida de resolver los conflictos internacionales, aunque se quiera justificar en nombre de la seguridad y los derechos humanos. Significaba que los argumentos que funcionaron en los Balcanes y Afganistán ya no son creíbles.

Pero al lado del “No a la guerra” hubo otra consigna que para mí tiene un significado tal vez de mayor alcance: “No en nuestro nombre”.

En este “No en nuestro nombre”, “No en mi nombre”, nos situamos en la política en primera persona. Desaparecen los discursos abstractos sobre el bien general que articulan la política institucionalizada y emergen las mujeres y los hombres, las personas de carne y hueso preguntándose sobre la invasión de Irak y dando una respuesta –“No en mi nombre”– que deslegitima la decisión tomada desde el poder.

Decir “No en mi nombre” es también poner en suspenso el mecanismo de la representación basada en la delegación. Es retirar la facultad de representarte a quien has dado tu voto y reapropiarte de la política. Es pasar de la política segunda –que es la de la representación– a la política primera –que es la de la interpelación personal–.

En esos días, tomamos la política en nuestras manos y, como la política en primera persona se hace donde están las personas, el discurso de rechazo a la invasión se hacía en la casa, en la calle, en el puesto de trabajo, en los centros de estudio, de ocio, en los medios de comunicación, etc. En todos los lugares donde alguien sentía que debía decir su “No en mi nombre”.

Claro que sólo fue un momento; pero un momento que es una promesa, tal vez una “huella de futuro”. John Berger dice que “Las huellas no son sólo lo que queda cuando algo ha desaparecido, sino que también pueden ser las marcas de un proyecto, de algo que va a revelarse”.

 


[1] Virginia Woolf, Tres guineas, Barcelona, Lumen, 1977.

[2] Clara Jourdan, “I diritti vanno in guerra”, en AA. VV., Guerre che ho visto, Quaderni di Via Dogana, Milano, 1999.

[3] Alice Cook i Gwyn Kirk, Greenham Women Everywhere. Dreams, Ideas and actions from de Women’s Peace Mouvement, Londres, Pluto Press, 1983.

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