La desobediencia civil en Euskal Herria

José María Setién. Obispo Emerito de Donostia

Acepté gustosamente la participación en esta mesa redonda, sobre todo, porque en definitiva íbamos a tratar de la desobediencia civil como una forma de acercarse a metas ulteriores de justicia. Y como estamos oyendo que la justicia es la base de la paz, me interesa especialmente participar en esta mesa redonda.

Además, se añadía la consideración de que vamos a tratar este tema de la justicia desde la perspectiva de la pacificación, a partir de una toma de posición fundamental, radical, que es la no violencia. Ante un planteamiento como éste, no me podía negar.

 Seguramente, no estaremos todos de acuerdo en todo, pero una de las premisas precisamente de la no violencia es la de poder expresar lo que uno piensa, con la seguridad de que tendrá ese respeto fundamental que está en la base de la desobediencia civil y que es, precisamente, el respeto a las personas y a la dignidad de las personas.

 Seguidamente quiero recordar algunos puntos que configuran la desobediencia civil, unos principios que quizás puedan facilitar aún más la posibilidad de dialogar sobre este tema.

De qué “desobediencia” estamos hablando

 Una idea fundamental sería la de que la desobediencia civil trata de provocar el cambio sociopolítico desde el reconocimiento del conflicto y la perspectiva de la no violencia. La desobediencia civil sería una posibilidad más, dentro del abanico de las distintas formas de actuar a favor de la justicia sin recurrir a la violencia.

 Este rechazo de la violencia se apoya en la aceptación del sistema democrático instaurado a partir de la afirmación de los derechos humanos, como expresión concreta de lo que podríamos llamar los valores de la justicia y de la libertad.

 Por otra parte, al menos históricamente, esta desobediencia civil –que supone en el fondo un rechazo de algo– parte de una idea decimonónica nacida en USA., que considera que la desobediencia civil se da en un contexto que en su generalidad se considera ser justo. Y es así porque parte del reconocimiento de los derechos fundamentales propios de una sociedad democrática. Esto es algo que hay que tener en cuenta para aceptarlo o discutirlo, pues es distinto partir desde una desobediencia civil en función de una transformación radical desde la base de un sistema que se considera injusto, que partir de un sistema que posee los parámetros propios de una sociedad democrática, en el que haya cosas que no sean justas y, por tanto, sean susceptibles de una razonable y justa resistencia derivada de la desobediencia civil.

Supone, por ello, como raíz fundamental, la dignidad de la persona humana sostenida por la fidelidad a la propia conciencia moral y al descubrimiento de lo que esa conciencia juzga ser justo.

 Debemos subrayar, si queremos comprender este movimiento, que parte del reconocimiento de la dignidad de la persona humana; de que se reconoce a una persona en su dignidad cuando se le reconocen los derechos fundamentales que son los que derivan precisamente de su condición personal.

 Ahondando todavía un poco más, tenemos que decir que lo propio de una persona humana es ser dueña de una conciencia. Es la dignidad humana apoyada en la dignidad de una conciencia. Una conciencia que no es simplemente psicológica sino la proveniente de que el ser humano tiene una dignidad personal porque es susceptible de descubrir los valores morales y éticos en cuya afirmación se realiza su dignidad personal.

 Afirmada esa dignidad moral, damos el siguiente paso y nos planteamos si todo lo que está mandado es justo. Las leyes se dan al servicio del bien común y, teóricamente, ir contra las leyes sería ir contra el bien común. Sin embargo, la desobediencia civil hace una diferenciación entre lo legítimo y lo justo.

 La desobediencia civil es una manera de enfrentarse con lo legítimo a partir de lo justo, tal como se lo dicta esa conciencia en un contexto en el que descubre que cierta ley no es instrumento de justicia.

 El descubrimiento de lo justo a partir de la propia conciencia es lo que le permite al desobediente civil distinguir entre el mandato de la ley y lo que ha de ser considerado como “justo”, como expresión de la justicia. Al igual que distingue también lo “justo” de lo socialmente “impuesto” como norma o hábito del comportamiento establecido.

 Como hemos dicho, la desobediencia civil se apoya en la dignidad de las personas y ésta se apoya a su vez en la conciencia. Esto no tendría sentido si esa conciencia no fuera capaz de escoger. Ahí entramos en un tema clave para la desobediencia civil: la libertad. La libertad es la facultad de hacer lo que uno debe.

La libertad que dignifica a la persona es la que deriva de la adhesión a lo justo, en un contexto social que reconoce a cada persona la posibilidad de hacer lo que es justo.

 La libertad que afirma la desobediencia civil es aquella libertad que, pudiendo hacer lo que quiere, quiere hacer lo que debe.

 Pero la desobediencia civil no se afirma solamente en función de la dignidad y la libertad de un individuo concreto. Tiene, por el contrario, una dimensión “política”, que afecta al cambio de lo establecido considerado injusto, precisamente por la vía de la desobediencia, no por la confrontación del poder sino por la vía del testimonio.

 Es una desobediencia civil que trata de tener una repercusión en la sociedad para que ésta cambie.

 Por ello, aquel que quiera comprometerse con una desobediencia civil tendrá que saber que alguna reacción contra él va a haber. Es normal, por ello, que la desobediencia civil provoque la reacción contraria del poder, de los poderosos, como expresión del conflicto existente a juicio del desobediente entre lo “legítimo” y lo “establecido” frente a lo “justo”.

 Inmediatamente surge un tema: cómo puede ser que la conciencia, apoyada en la fuerza moral que deriva de su adhesión a lo que considera justo, puede enfrentarse con el poder, que pone al servicio de ese presunto orden social todos sus instrumentos: ejército, prensa, fuerza coactiva, opinión pública… Desde esta perspectiva, en la desobediencia civil debe analizarse la eficacia.

 Analizando así el fenómeno de la desobediencia civil, no puede menos que plantearse la cuestión de la “eficacia” que ella puede tener sobre las instancias del poder, en el intento de cambiar la sociedad, a partir del carácter “moral” de la resistencia ofrecida.

 Se ve así la necesidad de socializar ese posicionamiento del civilmente desobediente. Esto es, hacer saber que aquello que parte de una comunicación personal se extienda y difunda para conseguir una opinión colectiva.

 Si una idea, a medio o largo plazo, no se puede socializar, de tal manera que esa idea sea asumida por la sociedad que se pone de una parte del conflicto en contra del “orden” mantenido, es claro que si no se da esa socialización, difícilmente podrá hablarse de una eficacia de esa desobediencia civil.

 Esto, que desde el punto de vista de la eficacia, parece que es verdad, adquiere desde un punto de vista ético otro nivel más importante. Esto es, que la socialización puede autentificar la verdad de la causa del desobediente, que supera su subjetividad.

 Una desobediencia civil así entendida da muestras de ser el resultado de un nivel “moral”, de una altura moral extraordinaria, especialmente en las sociedades a las que se acusa de actuar bajo el imperio del interés inmediato, utilitario, económico, político o de otra naturaleza.

 Cómo actúa la desobediencia en el sujeto que la realiza y en la sociedad sobre la que quiere actuar

 La desobediencia civil puede darse solamente en las personas que han llegado a una profunda convicción personal, que sea fruto de una maduración personal nacida de la valoración de los objetivos concretos perseguidos, a partir del reconocimiento de la dignidad de los “otros” y de su libertad. No basta que el desobediente civil tenga fe en su propia dignidad, sino que tiene que tener fe en la dignidad de los demás, porque de no ser así la “aventura” en la que se mete no tendría sentido.

 La desobediencia civil requiere la capacidad de selección de un objeto concreto que ha de ser el que defina sobre qué se quiere ser desobediente. Recordando que la desobediencia supone la aceptación global de una sociedad definida como democrática, la causa perseguida por la desobediencia civil debe ser comprensible por el medio social en el que se ejerce, a fin de que pueda posibilitar una socialización” de la causa defendida y, en consecuencia, la expansión del fenómeno de la desobediencia que “fuerce”, con fuerza moral, no por la violencia, el cambio pretendido.

 En esa expansión social de la actitud desobediente es donde ha de buscarse la razón de la eficacia de la desobediencia como factor colectivo de cambio social.

 Además, esa expansión será la que autentifique la “verdad” de la desobediencia concreta, frente al riesgo de que lo “justo” que se trata de trasmitir, no sea una mera convicción individual subjetiva, incapaz de realizar ningún cambio.

 Por esto, la “desobediencia” civil supone creer en la “bondad” de la sociedad, es decir, en la capacidad de los ciudadanos de dejarse iluminar y llevar por la fuerza de la verdad de la justicia.

 Una mirada desde Euskal Herria

 Después de haber dicho que la desobediencia civil está al servicio de la justicia y la justicia se concreta en los derechos, en Euskal Herria nosotros tenemos que distinguir dos clases de derechos para ver cómo a esas dos clases de derechos se puede referir la eficacia de la desobediencia civil: los derechos individuales y los derechos colectivos. Un tema que ha sido objeto de una discusión políticamente muy seria.

 No es comprensible que personas reconocidas como de gran capacidad intelectual planteen que sólo existen los derechos de las personas y no los de los colectivos. Una cuestión es afirmar que los derechos existen  en función de las personas. Pero ha de reconocerse también que hay unos derechos colectivos que son los derechos de aquellos que se sienten unidos en el reconocimiento de unos bienes colectivos que, a través de esos derechos también colectivos, se tratan de tutelar.

 Hay que tener en cuenta que hay derechos individuales que no son solamente de una persona, sino también de todas y cada una de las personas. Lo que es algo distinto. Una cosa son los derechos individuales, que pueden ser incluso de todos los ciudadanos, y otra los colectivos.

 Por ejemplo, el derecho a la seguridad de la persona que quiere ser concejal del PP; el derecho a la seguridad del preso que es llevado a comisaría; el derecho al salario para poder vivir, etcétera, son derechos individuales que afectan a las personas en cuanto que son personas; por tanto, pueden ser derechos generales, es decir, de todas las personas. Y esos derechos individuales son perfectamente susceptibles, si se dan las condiciones, de una acción propia de la desobediencia civil.

 Ahora bien, hay otros derechos: los llamados colectivos. Aquí la cosa se complica.

 En Euskal Herria, en Euskadi, existe un problema que es la pacificación. Rápidamente se dirá: “ya sabemos qué es eso, que ETA deje de matar”. Sí, pero también hay un derecho a la normalización. Esto es, que el pueblo quiere saber cuál es el marco jurídico de derechos y obligaciones que sea aceptado normalmente por la totalidad del pueblo. Ese derecho a la normalización es el derecho de un “colectivo” que es Euskadi.

 Cuando ese derecho colectivo a la normalización plantea un problema que afecta a la totalidad de la convivencia, y a la vez existe un movimiento que hace que ese derecho a la totalidad se presente como el justificante de una acción violenta, se ha de proceder con mucha cautela. Porque en el momento en el que pueda plantearse una desobediencia civil que afecte a la totalidad de la convivencia en la sociedad, enmarcada por un determinado marco jurídico-político, se puede establecer una conexión entre uno y otro movimiento: el de la desobediencia civil  y el de la violencia. No digo en absoluto que una cosa deba ir unida necesariamente con la otra, sino que no se podrá plantear la primera sin tener en cuenta que habrá de ser objeto de una más difícil socialización, ya que puede ser vista por algunos como connivente, en cierta manera, con el movimiento violento, o puede ser objeto de una utilización instrumental por parte de éste.

 Tras decir esto, yo considero que en el movimiento de la desobediencia civil hay una grandeza moral de las personas que se implican en un movimiento de esta naturaleza. Pero en la medida en que ese movimiento haya de afectar a un conflicto muy arraigado en la sociedad, puede ser más necesario que, ante esos factores externos a la misma desobediencia civil, sea necesario incidir más en el estudio de esos valores de verdad, socialización, reacción social posible, para que la desobediencia civil sea eficaz.

 La reivindicación de los derechos fundamentales, especialmente de los colectivos, tiene en la práctica unas connotaciones y unas referencias inevitables con el fenómeno de la violencia de ETA,  aunque teóricamente o conceptualmente puedan separarse. Esto puede hacer que sea difícil separar la estrategia no violenta propia de la desobediencia civil, de la utilización de esa desobediencia por estrategias de acción política unidas a la violencia.

 Todo ello puede hacer más difícil la “socialización” de la justicia de la causa que se pretende promover y el logro de los objetivos que se pretenden alcanzar mediante la desobediencia civil. Por el contrario, podrá ser cuestionada la justicia de esa causa, independientemente de la intencionalidad de quienes la promueven, por la instrumentalización de la misma por parte de quienes recurren a la violencia para conseguir sus objetivos. Objetivos que, en última instancia, no coincidirán con lo “justo” pretendido por los desobedientes civiles no violentos.

 Dado el carácter estrictamente personal de la opción por la desobediencia civil para el logro de objetivos precisos de justicia, habrá de ser la maduración en la convicción de lo “justo” a lograr, y de la eficacia de esta vía concreta a seguir, lo que haya de decidir si el objeto pretendido –la eficacia de la vía a seguir, la comprensión social de la “verdad” de la justicia– hacen razonable y sostenible una opción concreta y determinada por la desobediencia.

 En resumen, no se trata de negar la validez de este camino para la realización del cambio político pretendido, sino de llamar la atención sobre los condicionamientos particulares propios de la situación en que estamos viviendo en Euskal Herria, para su adecuada valoración previa a cualquier toma de decisión.

 Conclusión

 Naturalmente, todas estas observaciones habrán de ser recibidas como aportaciones hechas desde la voluntad de ayudar a la comprensión de lo que el mismo título supone como problema, no solamente en su generalidad sino también, y especialmente, en su aplicación a la realidad en la que estamos viviendo. El diálogo en esta mesa redonda habrá de ahondar y enriquecer lo dicho por mí y, si es necesario, también completarlo y corregirlo desde otras perspectivas.

Ponencia presentada en las  Jornadas de Noviolencia Activa 2004                      www.noviolenciactiva.org

Utzi erantzuna