4. LOS PRIMEROS OBJETORES DE CONCIENCIA:

 25 AÑOS DE EXPERIENCIA

4.1. Como fueron los inicios

4.2. Un escenario nuevo. ¿Y ahora, qué?

4.3. Debate y preguntas desde el público.

Rafa Sainz de Rozas, KEM-MOC

Rafa Aldai, objetor de conciencia donostiarra en 1977

Mabel Cañada, miembro de Bakearen Etxea en 1977

César Manzanos, formó parte de la Asamblea de Noviolencia de Euskadi. 

Moderador Patxi Azparren

  Patxi Azparren, moderador:Tras presentar a los cuatro componentes de la mesa redonda, conocidos antimilitaristas históricos, quisiera para empezar que cada cual comente su primer acercamiento al antimilitarismo y a la noviolencia activa. 

Rafa Sainz de Rozas 

Abogado de Bilbao, profesor de la UPV-EHU. Miembro de KEM-MOC, participó en la objeción colectiva de 1985.

 Me acerqué al movimiento antimilitarista en 1981. Me identifiqué con las ideas que tenía ese movimiento. Como la mayoría, entré porque no quería ir a la mili, sin otros grandes planteamientos. Pero al conocer a las personas que había detrás de esa lucha, como Mabel Cañada de Bakearen Etxea, descubrí que esa labor era muy importante. Esa gente tuvo una enorme lucidez. Plantearon, ya en 1981, la objeción de conciencia por motivos políticos con un mensaje que ha permanecido fresco y actual hasta las últimas etapas de la campaña de insumisión.

 Allí encontré una enorme apertura de horizontes, un planteamiento de sociedad alternativa en muchos sentidos. No sólo era un simple no querer ir a la mili, sino que queríamos explorar las posibilidades de la noviolencia, en lo ideológico, en lo social, lo económico... Entroncaba con una postura personal, de salvar el txokito particular, para de ahí dar un paso a lo político. Ese paso partía de un análisis que ya estaba desarrollado a finales de los 70, y encontré que los análisis antimilitaristas superaban a los de los marxistas clásicos, siendo un ello gran descubrimiento para mí.

 Hay una primera fase de surgimiento, hasta 1987, y una segunda de consolidación del movimiento, que pasaba por la regulación de la objeción legal y la gran opción que se tomó. Esta consistió en no admitir que la lucha por la objeción fuera una lucha de tipo “sindical”, una lucha por un mejor servicio social sustitutorio, sino que debiera ser una auténtica lucha antimilitarista y, por tanto, desligada del hecho particular de que cada uno tuviera que ir a la mili. Es un movimiento, entonces aún, de izquierda marginal. Ahí se dan unas circunstancias históricas particulares, como fue esa “transición” inacabada, el golpe de Estado que no dejó consolidar una ley de objeción y que nos dio tiempo. Para cuando quisieron llevar a la práctica la ley, se encontraron con un movimiento antimilitarista más duro, que podía mirar al exterior, reflexionar mucho, con redes y contactos significativos.

 A mediados de los 80, hay un contexto totalmente distinto. Al amparo de las movilizaciones en Centroeuropa contra el despliegue de misiles, parte de la izquierda en Euskal Herria se apunta a la movida pacifista. Era gente proveniente de otra tradición política diferente de la que procedíamos nosotros. En nuestro caso, podría definirse como “tradición del 68”. Estos sectores descubren en el pacifismo uno de los factores de renovación de la izquierda. Las movilizaciones contra los misiles en Europa aprovecharon la experiencia de la lucha antinuclear y, con la aportación fundamental del feminismo, empieza a hacer un discurso político que liga con nuestra tradición política -la noviolencia revolucionaria- pero instalándose en capas sociales mucho más amplias de lo que nosotros habíamos llegado.

 Empiezan a nacer grupos pacifistas como setas. Un periodo que duró hasta el referéndum de la OTAN, marzo del 86, punto de inflexión que abre el inicio de la caída de este movimiento, más en el Estado español que en Euskal Herria. Algunos movimientos se institucionalizan, otros desaparecen de los medios de comunicación. En Euskal Herria se da otro factor que lo dificulta: la polarización en torno a la violencia.

 En la medida en que se populariza el mensaje pacifista, esto conlleva que parte del movimiento, sobre todo el más nuevo, el de los entornos de EE y del PCE, decida abandonar en ese momento nuestros planteamientos. Otro sector se agrupa en torno a los grupos mayoritarios de la izquierda abertzale, que no acaba de soldar con el antimilitarismo. Un tercer grupo se forjará procedente de la noviolencia revolucionaria, con grupos de la izquierda que comienzan a elaborar un discurso antimilitarista que en 1989 desembocará en la insumisión.

 No entraré ahora en ello, conocemos los éxitos de la insumisión, sus crisis... Me pregunto si los valores de este movimiento, en toda su amplitud, creó una especie de identidad colectiva identificada o basada en el antimilitarismo, en el antisexismo, la democracia directa... En la desobediencia civil, entendida no sólo como herramienta utópica de transformación social sino además,  coherente y realista, como lo demostró. La idea de cambiar realmente situaciones políticas nuevas, de no quedarse en la mera actitud global de cambiar valores, no, realmente cambiar cosas ahora y sin aspirar a tomar el poder político. Una idea de vivir la globalidad a la hora de entender una militancia… Muchas de esas ideas, con sus contradicciones, se van encontrando en la sociedad. 

Rafa Aldai

Objetor de conciencia donostiarra en 1977. Posteriormente contribuyó a construir la experiencia de Lakabe. Actualmente es miembro de Mugarik Gabe en Nafarroa.

 Me siento ahora un poco fuera de la barrera, comparando con dónde estaba yo hace 25 años. ¿Qué sociedad queríamos los primeros objetores? La misma que ahora, otra utopía. Se unió la lucha cotidiana y la social en el antimilitarismo, pero también hicimos incursiones en otras luchas sociales. Pero la utopía inspiraba el movimiento, en mi opinión. Como dice Galeano “la utopía es algo que nos sigue para caminar y que se aleja según avanzamos” y fue así lo que comenzamos hace 25 años.

 El contexto es lo que ha cambiado. Hay mayor bienestar, una cierta opulencia donde es más difícil centrarse que entonces, donde había un contexto de efervescencia social y utopía posible.

Se pretendía un cambio integral, que suponía propuestas antimilitaristas concretas, una propuesta medioambiental, una propuesta feminista novedosa y una implicación personal importante. Se relacionaba lo personal con su reflejo en las reivindicaciones, y a la inversa. Eso se reflejaba en varias cosas. Por ejemplo, era normal que viviéramos en pequeñas comunidades, pisos, grupos... La apuesta comunitaria era importante. Había tendencia al vegetarianismo, unido a la propuesta gandhiana. Había unas actitudes que daban gran cohesión a los militantes. Todos aprendimos mucho en lo práctico y en lo personal.

 Era un momento de efervescencia social, y el antimilitarismo dio una propuestas muy claras. Planteó la legitimidad frente a la legalidad. La legitimidad de no aceptar la obligación de servir al Ejército; es una característica básica. La otra fue la coherencia entre fines y medios.

 El problema nacional de Euskal Herria fue otro de los que más nos preocupó, pero no fuimos capaces como grupo de hincarle el diente. Sí, en cambio, conseguimos que transcendiera nuestro concepto de acción-reacción diferente. Fue un momento en el cual los medios de comunicación facilitaron nuestra labor, pero se fue creando una relación “perversa” con ellos. Es decir, las acciones salieron en los papeles impresos mientras no afectaron a los intereses del poder.

 El mayor aporte que dimos los grupos de noviolencia y antimilitarismo fue el de dar herramientas de cambio social efectivas, en especial la desobediencia civil, que sigue demostrando su capacidad. La herencia fue, ante todo, la popularización de nuestras herramientas y métodos de lucha.

  Mabel Cañada 

Miembro de Bakearen Etxea en 1977, y desde 1980 participante en la experiencia de Lakabe, valle de Urroz 

Comencé a trabajar la objeción de conciencia en 1972, con Pepe Beunza aún en prisión. Eramos un grupo pequeño que sobre todo había trabajado la noviolencia. Encontramos en el marco de la objeción de conciencia el cauce de expresión de nuestras ideas y propuestas. Conocimos a otros grupos, y se inició la dinámica práctica. Eramos grupos con gran intimidad, una gran relación personal y muchas horas juntas que pasábamos imaginando, charlando, preparando... Era un motor en marcha que hizo eclosionar Bakearen Etxea, con capacidad de editar textos, relacionarse, actuar... 

La gente, al principio no entendía el porqué de una mujer en el grupo: “Pero tú qué haces ahí, si no tienes que ir a la mili”. Y sin embargo, una cosa que yo entendí fue que las mujeres tenemos una gran responsabilidad a la hora de transmitir nuestra visión del mundo. Estamos íntimamente relacionadas con el mundo masculino; es que es de cajón. Tenemos mucha tendencia a repetir un modelo masculino a la hora de educar a nuestros hijos. Yo empecé a trabajar con otras mozas del grupo y tomamos la dirección de lo que de cara al mundo feminista se estaba olvidando, que era el tema de la mili y lo que eso supone. Es diferenciado, pero no queríamos una igualdad a ese nivel. Nos decían: “¿Queréis la igualdad? Pues id a la mili!” Y nosotras decíamos: “¡Pero cómo vamos a ir a la mili! ¡Lo que nos faltaba!”.

 Esa dinámica, esa tensión que se creaba ahí, se fue llevando a otros ámbitos. Había otros espacios en los que había contradicciones mucho menos espectaculares y más sencillas (o sentidas). Me refiero a toda la visión que hay de cómo tenemos que pensar, cómo nos tenemos que comportar, cómo tenemos que estructurar nuestra vida... Esa bola se está haciendo cada vez más grande y yo de ahí ya desemboqué en un espacio en el que poder construir eso que soñábamos. Porque llevábamos ya casi ocho años diciendo que se podía hacer la sociedad diferente, pero faltaba algo, con lo cual estábamos engañando a todo el mundo. Con nuestra decisión de ir a vivir a Lakabe era poner en práctica el poder probar si era posible hacer lo que proclamábamos, y comprobar los problemas a los que tendríamos que enfrentarnos. Entonces, ya en el año 80, el MOC se acababa de formar después de un proceso de casi siete años.

 Así pues, ese tema estaba ya resuelto. Nosotros, el núcleo más potente del grupo, nos fuimos a vivir al campo ya en el año 1978, y dos años más tarde creamos Lakabe. Un pueblo ocupado, en el que partíamos del principio de “la tierra para quien la trabaja”. Allí, todas las ideas preconcebidas que teníamos se no fueron abajo. Nos dimos cuenta de que una de las dificultades mayores que tenemos que atravesar es la de que las normas están dentro de ti, y eso supone un gran quebradero de cabeza, una gran responsabilidad.

 Para mí, los años que hemos estado viviendo en Lakabe han sido como una instrucción de lo que es la vida. Hubo una explosión de ideas, y esa experiencia creo que finalmente aportó y puede seguir aportando hoy en día a la lucha, social o política, datos importantes. Datos que se pueden recoger para otras experiencias. Ahí creo que radica el éxito de esta acción, que ha durado 30 años y que ha desembocado en que hoy día podamos decir que nadie está obligado a ir a la mili, con lo cual el objetivo primero se ha cumplido.

 Y aquí vuelvo a una idea del principio. La persona que decide hacer objeción de conciencia es una persona que toma la decisión en solitario, y que afronta su transformación también en solitario, aunque luego la viva “grupalmente”. Las broncas que por ejemplo se va a tragar de sus carceleros se las va a “jamar” solo, lo mismo que el juicio. Es decir, que aunque sea una lucha formada por mucha gente, el sujeto activo es un individuo que se planta con toda la firmeza de su coherencia. Si dice que por ahí no pasa, no pasa y asume la responsabilidad que a nivel social se le impute en cada momento. Esta característica hace que las personas que toman parte en esta acción tienen que ser personas muy convencidas. Son los promotores de un cambio social y los promotores de su propia transformación individual.

 Los primeros objetores estuvieron en la cárcel poco tiempo o muchos, ni siquiera tuvieron que entrar en la cárcel. Dispusieron de una ventaja, que tuvieron mucho tiempo para reflexionar y/o para reafirmarse en su decisión. Durante mucho tiempo se trabajó en grupo esperando la represión del Estado. Como ha dicho Rafa, a causa de la problemática política que había nos dejaron en una esquina, nos apartaron, pero eso desembocó en un proceso de insumisión, con lo cual fue una ventaja para el movimiento antimilitarista y una desventaja para el Estado. Cuando éste quiso hacer frente a los objetores, ya no tenía objetores sino insumisos. Fue un flash, no tuvo la capacidad de absorberlo y ni siquiera de confrontarlo; de hecho, ha habido gente -objetores históricos- que aun militando todo este tiempo, no han entrado en la cárcel.

 Otro punto muy importante es que cuando iniciamos una presión, una protesta social, inicialmente puede convertirse en algo que el Estado propone, o que está realizando. Normalmente nos centramos demasiado en lo que el Estado hace mal y nos olvidamos de lo que nosotros queremos hacer bien. Ese desequilibrio entre lo que el Estado propone y cómo nosotros nos metemos ahí, como carnaza fresca, crea una descompensación. Si un grupo estructura una campaña a nivel político, que va a permanecer durante un tiempo en el estrato social o político, tendrá que basarse en lo que el grupo quiere, no en  la oposición a la propuesta del Estado. Si se hace así, por mucho que el Estado te cambie las fichas de juego, tú no te desestabilizas. Esta fue una de las fuerzas del movimiento de objeción de conciencia. Que permaneció en su utopía. Entonces, es algo que el Estado todavía no ha podido absorberlo.

 César Manzanos

Sociólogo. Vive en Gasteiz. Formó parte de la Asamblea de Noviolencia de Euskadi. Profesor de la UPV, es miembro de Salhaketa, organismo que trabaja con los presos sociales.

 Cuando le llaman aquí a uno, y está por encima de los 40, se encuentra más con la vista puesta al final del túnel. Cuando miras para atrás para hacer revisión y te dicen que ya han pasado 25 años, replicas con un “jodé, ya soy viejo”. Entonces es importante ver las cosas desde esa perspectiva, no sólo verla desde la perspectiva de la ilusión, sino también de la desilusión.

 Dicho eso, lo que sí me gustaría es hacer unas reflexiones desde la experiencia. Yo entré en el MOC en 1978, creo, en Bilbao. Luego, en Lakabe. Porque yo soy inmigrante en Bilbao. Del 83 al 84, después de trabajar en Bilbao, me trasladé a Gasteiz, además  de por razones de ecología urbana, también por compromiso con los colectivos con los que había colaborado. He estado trabajando también en el movimiento antimilitarista a raíz de los encarcelamientos, 85/86, al acercarme al movimiento insumiso. También en el movimiento anti carcelario y, durante cinco años, en el tema del sida. Ya sabéis lo que supuso el sida a finales de los 80 y principios de los 90. Tras la aparición del sida como algo que querían vincular a un grupo de personas, era fundamental el apoyo y la solidaridad, dada la marginación que conlleva el sida.

 Para mí, la experiencia más importante de estos 25 años ha sido, en primer lugar, yo la llamo “asesinar” el tiempo occidental. Creo que si algo hemos aprendido, y no ha sido precisamente por imitación al poder -que significa capacidad de imponerse-, es que tenemos otro tipo de mundo. Es decir, que sólo somos iguales a cualquier poder o a cualquier persona porque todos nos vamos a morir; es decir, tenemos el mismo y único destino en lo universal, igual que lo que decían en el franquismo. Porque todos nos vamos a morir.

 Yo creo que esto es algo importante en la lucha, y que es definitivo, porque el tiempo occidental es un tiempo en el que queremos resolver todos los conflictos en cuatro días. Lo queremos todo “para ya”. Y lo que yo he aprendido en estos años es lo de los africanos: que el tiempo es similar a ir andando de espaldas hacia atrás, mirando el pasado; y yo eso, lo tengo muy claro. Quizá me ha servido más el ver gente muerta en un accidente de tráfico o ver gente que ha muerto víctima de la represión en las cárceles, o de la  hipocresía social. ¡Todas esas víctimas invisibles, que se pueden contar por miles! He aprendido más de eso que de la lucha. Eso te cambia el concepto de tiempo.

 También, la pérdida de ese antropocentrismo. Somos animales humanos, y toda esa idea de que todo está construido, el universo, en el que las luchas sicológicas están en torno a los seres humanos, como si la persona fuera el centro del universo… Pero los seres humanos somos una puta mierda, y punto.

 Por eso creo que este relativismo es muy importante para las luchas, por lo menos así lo entiendo yo. Es decir, este relativismo te sumerge en un proceso de redefinir la realidad. Nosotros, cuando trabajábamos, nos pasábamos la vida intentando definir qué era eso de la noviolencia y tampoco lo entendíamos muy bien. Luego, parece ya que la versión política o pragmática era el antimilitarismo que sonaba como algo más concretable. Pero yo todavía no sé qué es la noviolencia y qué es el antimilitarismo. Confundo las cosas y las confundo porque creo que son confundibles. El exceso de precariedad es siempre significativo, porque hay quien tiene capacidad de que las cosas se definan como él quiere que se definan. Los demás estamos buscando espacios, buscando aire, por lo tanto esto es a mi parecer lo más relevante, cambiar de perspectiva.

 Ya desde el punto de vista más descriptivo, y en segundo lugar (voy por el punto cero, ¡eh!, y tenía ocho, o sea que...) considero importantes los años 60/70, desde los finales del franquismo hasta lo que ocurrió en la década de los ochenta. Fue un contexto de intentar materializar ilusiones, de desarrollar una serie de estrategias sobre todo fundamentadas en la desobediencia civil; en todos los ámbitos de lucha, no sólo en el tema antimilitarista, también en el feminista y ecologista. De tratar un poco de eso que llamábamos, creo que era, el espacio, que multiplicaba y que congregaba gente. Sería la experiencia en sí. Sería como desarrollar las instituciones, una forma un poco de “combustible”. Un proceso sobre todo de absorción de muchas personas y de movimientos que estaban produciéndose en aquellos que, de algún modo, estaban haciendo el trabajo. Una confianza en que desde las instituciones se podían hacer muchas cosas. Pero cada vez tengo más claro que la vida está fuera de ellas. De algún modo, a través de la desobediencia civil dar protagonismo a la sociedad en lo que son los procesos de cambio social.

 La época de los 90 ha sido bastante más decepcionante. 1992 supuso ya caer en la cuenta de que había un proceso importante de desmembración de muchas cosas que nosotros habíamos intentado ensayar. Cuando el Poder tiene capacidad de absorber los diversos ataques ideológicos que se vierten sobre él, de asumirlos, de absorber a sus protagonistas y demás, reutilizar esto con fines que tienen más que ver con reasentamiento de las estructuras del Poder. Y todo ello nos deja bastante inhabilitados para poder hacer activo ese cambio que deseamos.

 Yo creo que, precisamente la experiencia nos ha demostrado que si algo tenía de especial la desobediencia civil era la capacidad de organización y de poner en cuestión banderas y creencias, modos de vida que hoy no estarían cuestionados si no hubiera habido ese movimiento de resistencia. Yo creo que esto es lo que nos queda. Todos estos años de experiencia han sido escuela de formación de resistentes. Y yo creo que esa cultura de resistencia, no como una cultura de emergencia o de provisionalidad, sino como una cultura arraigada en la sociedad civil, que existe claramente en Euskal Herria, ha sido la gran aportación. Y todo ello lo han hecho todas las personas que se han movido durante todos estos años fuera del marco institucional.

 4.2. Un escenario nuevo. ¿Y ahora, qué?

Patxi Azparren:

Esta primera parte ha sido muy cerrada, muy estática; ha mantenido la visión, como decía César, del túnel hacia atrás. Haría falta en esta segunda parte, una manera más abierta de plantear el tema. ¿A dónde vamos?

Algunos ya han comentado cómo fue su decisión personal de trabajar en la noviolencia, la intervención en la lucha contra el despliegue de misiles en Europa, el desarrollo de la insumisión, tan importante para la formación de futuros resistentes... Y sin embargo, nos encontramos ahora en un escenario en el que nada tiene que ver con aquello. De la política de bloques parece que no queda nada, se ha  impuesto un sistema económico político y militar contra el que siempre hemos peleado... Analicemos el antimilitarismo y la noviolencia en ese nuevo escenario.

Rafa Sainz de Rozas:

El antimilitarismo en los 90, de la mano de la insumisión en Euskal Herria, ha mostrado cierta autonomía con respecto al ciclo de los movimientos sociales. ¿Por qué ha sido así? Se mezclan  muchos factores. Veamos.

 Al margen de esta autonomía, en Euskal Herria hay dos factores que han hecho el antimilitarismo especialmente potente. Uno, la gran ilusión de la idea de noviolencia, aunque haya sido descafeinada. La ilusión de que la vía militar es rechazable y que hay que buscar alternativas para solucionar los conflictos en ámbitos no especialmente radicalizados. En ese sentido, la importancia por ejemplo de grupos cristianos en Euskal Herria en relación a lo que ha podido ser en el resto de Europa, donde han sido claramente conservadores, o en el resto del Estado, donde han sido minoritarios, o el hecho de que no se hayan cogido prestacionistas… Es sintomático. Ahí ha habido un mensaje en realidad muy radical, en un ámbito no demasiado ideologizado desde otros puntos de vista.

 El otro pilar ha sido esa aportación de la cultura de protesta, que en gran parte bebe de las fuentes de la izquierda abertzale, y que hace su travesía en el desierto en esta cuestión, que da un golpe de timón en un momento determinado y que, sin embargo, yo creo que le falta todavía dar el paso que, en coherencia con ese planteamiento antimilitarista, ha asumido con sinceridad en gran medida. Por lo tanto, se ha aprovechado la potencialidad de esta cultura antimilitarista, mayor aquí que en mucho otros sitios, no solamente a la hora de plantear nuestros medios, no solamente a la hora de decir que lo que pretenden otros por la vía de la violencia, planteémoslo por la vía de la desobediencia civil. ¡No! Plantear también los fines, y no hablar tanto de Euskal Herria sino de Euskal Hiriak, por utilizar la cita de Atxaga, algo que sea más plural, que sea menos excluyente. No soy el más indicado para hablar de esto, pero veis un poco por dónde voy en el planteamiento sobre la liberación nacional, sobre todo social.

 Segundo, el antimilitarismo tiene el reto de diversificación. El tema de la mili, que se pueda seguir con la insumisión en los cuarteles... Yo creo que se ha acabado. La historia de la insumisión en los cuarteles ha sido, en gran parte, a pesar del gran mérito de la gente que está ahí, el declive, los últimos años de  la insumisión.

 Es necesario centrarse en otros ámbitos del mundo antimilitarista y en particular en la investigación de cuestiones militares, en el comercio de armas… Hay que trabajar el tema de la investigación para la paz, evitando los peligros de pensar que esto va a sustituir a la movilización. Mediante la investigación para la paz y la resolución de conflictos, a la gente se la puede convencer pero a los militares no. A éstos hay que presionarlos, porque no son razonables por definición. Y hay que evitar también el peligro del “moderantismo”. Ese pensamiento que dice que necesariamente lo más moderado es más razonable que lo radical.

 Hay que producir un reagrupamiento de los colectivos antimilitaristas, actualmente demasiado dispersos. Hoy es el día que, aun por causas complejas, hay gente que está llevando iniciativas separadas, cada una por su lado. Somos todavía demasiado deudores de los grupos de objetores, donde es verdad que hay mujeres, pero predominan hombres, de edad juvenil, y hay grandes partes de la sociedad que no están representadas ahí.

 El sentido común. Y esto es algo muy difícil, en el sentido casi mercantilista. A mí, particularmente, siempre me ha gustado cuando, ante retos que no conocía, ante funcionarios que no me resultaban familiares -léase por ejemplo el dilema en la guerra de la ex-Yugoslavia-, hubo gente que planteó el no ir contra el embargo de armas. Y había gente que respondía: yo como antimilitarista, yo como persona que está a favor de la justicia, creo que hay que ir por esta vía o por esta otra, pero no convertir el antimilitarismo en un lobby, si no, vamos a estar más preocupados por la coherencia de nuestro “catecismo” que con ver si la realidad cambiante exige “revisar los mandamientos” de nuestro catecismo. A lo mejor, sí. Pero ser un poco arriesgado. El sentido común, en el sentido de decir: la sociedad tiene un problema y el antimilitarismo tiene la solución. El problema es la guerra, y los preparativos para la guerra. El antimilitarismo tiene unas posturas muy razonables para que la convivencia sea mejor. Con esa utopía vamos marcando el camino y diciendo a la gente que hay problemas que se pueden mejorar. No se van a solucionar. Es siempre una lucha, un proceso. Pero hay que tenerla como un elemento de evaluación, porque sino tenemos esa perspectiva no sabemos si hemos hecho las cosas bien o mal.

 Y por último, la cooperación con otros movimientos. Siempre se dice, pero no sé si en la práctica se ha concretado demasiado. Ahora trabajo con el tema de la solidaridad, creo que esto es un verdadero reto. Si antes la mili podía ser una amenaza para la sociedad, hoy en día son las guerras y el que las desigualdades vayan aumentando de forma exponencial; es algo realmente insostenible.

 Hay una metáfora, que se plantea como una nube de mosquitos, que no es un movimiento centralizado, que engloba a un montón de gente diversa y que es a la vez su riqueza y su debilidad. Ese es nuestro reto, y de eso tenemos que aprender bastante. Por eso creo que lo que nos aúne debe ser como una nube de mosquitos, y que debe compaginar tres cosas muy diferentes, tres tipos de movimientos:

 - Acciones directas no violentas, que sean espectaculares y que demuestren que el Poder no es omnipotente, tienen que ser cosas espectaculares, con humor, porque a nosotros nos falta un poco de humor. Debemos demostrar que el Poder tiene sus fisuras. 

- Por otro lado, crear espacios positivos. Si nos limitamos a la acción-reacción, a la antirrepresión o al anti-no-se-cuantos, no acabamos de crear espacios positivos que permitan lograr la utopía. 

- Son importantes, también, los movimientos ciudadanos. Lo que no se puede hacer es tener vanguardias que se queden totalmente aisladas. Tiene que haber una ligazón, tiene que ser como esa nube de mosquitos que aúne a los distintos movimientos, los más radicales con los más positivos y con los espacios de libertad que se creen. Y no es un movimiento homogéneo, pero sí flexible y coordinado. Hay una red muy pobre de movimientos sociales, aunque cada vez es más importante y va tomando conciencia de lo que es la globalización.

 Otro reto importante es que los movimientos tengan objetivos claros y alcanzables. Los mayores éxitos se consiguen cuando, independientemente de que objetivos, discursos y tal, sean realmente radicales o utópicos, los objetivos son concretos y alcanzables. Es una pieza que antes era insignificante, pero que de pronto cobra sentido para un montón de personas, dentro de todo un contexto; es un movimiento que nace, crece y muere en poco tiempo. Pero bueno, tiene un objetivo claro.

 Mabel Cañada:

 Quería comentar sobre lo que hablaba Rafa, el tema de los objetivos claros y de los presupuestos de los que partimos. Tenemos problemas para ponernos de acuerdo, incluso en cosas como de qué color queremos que sea el pelo de nuestra próxima persona querida, como para ponernos de acuerdo a la hora de hacer algo. Eso es algo que nos limita muchísimo. Yo pienso que tenemos que ponernos de acuerdo en si vamos a hacer algo, si lo queremos hacer o no; y lo demás es pura ideología, y la ideología la dejamos para hablar en el bar y para machacarnos la cabeza, pero no para hacer una acción, porque cuando vamos a hacer una acción vamos a implicar a muchas personas y a nosotros mismos.

 Así lo hicimos en Itoitz. Es un pantano monstruoso, llevamos 17 años en esa pelea, y con las personas con las que trabajo y llevo años luchando sólo tenemos un punto de acuerdo, porque en lo demás estamos en desacuerdo en todo, y es que queremos parar esa obra. No quiero saber más de ellos, ni lo que hacen el resto de días ni con quién se juntan. No me es necesario para luchar con esas personas. Entonces, yo creo que muchas veces decimos: ¿qué es la noviolencia? Y sin embargo, yo creo que es más un proceso de investigación que un proceso de acción. Es un proceso que afecta a las personas, nos hace evolucionar, nos hace transformarnos, nos hace más imaginativas y tal. Y es un proceso que te enreda y que acaba confundiéndose con tu propia vida. O por lo menos, es algo que me ha ocurrido a mí, porque allí donde estoy, yo pongo la noviolencia en práctica, me da igual que el tema sea criar a mis hijos, o construir un pueblo ocupado o tal; es un tema que yo llevo por dentro y que de alguna forma me complementa, me da mucha energía y creatividad.

 De alguna manera, para mí es una lucha por la que hay que dejarse llevar y hay que estar dispuesto a transformarse. Yo pienso que uno de los mayores problemas que tenemos los humanos es no dejarnos transformar por la situación que estamos viviendo, y sin embargo, si no nos transformamos, tampoco transformaremos el propio futuro. Es una dicotomía, es una dualidad, ¿no? Yo me entrego a la vida y la vida me devuelve lo que ella quiere de mí, no lo que yo estoy pidiendo. Y los movimientos sociales somos demasiado estáticos, con estructuras demasiado férreas en las que muchas veces nos ahogamos. Y entonces tenemos tendencia a carearnos con los demás, a decir cosas del estilo de “tú no sabes nada y yo sí”.

 Hoy en día, el panorama político, social y mundial es aberrante, un despropósito. Mantenerse simplemente coherente, sereno, es ya superdifícil, ¿no? Y mantenerse con mucha más gente es casi imposible. Yo creo que había que bajar planteamientos como los que tenemos hasta ahora, quedarse con lo esencial y echar a andar y construir; construir y construir, sin límites. Porque en la realidad no hay límites, los límites los ponemos nosotros mismos. Ahí entran en juego el miedo, los tabúes, todo un sistema de referencias. Sin embargo, si crees que el espacio es ilimitado, que tú puedes construir aquello con lo que sueñas, vas a tener un montón de problemas, pero los vas a resolver. Vas a resolverlos porque tú estás construyendo lo que quieres construir, estás imprimiendo a la vida tu sello personal.

 De hecho, nuestra vida es muy cortita y cada uno tiene que tomar la opción de decir “bueno, pues yo voy a plasmar de este color este arco iris y ya habrá muchos más colores”. Y en ese proceso de construir sociedad, de ir juntando las cosas, tendremos problemas y los iremos resolviendo. Pero siempre estamos transformándonos a través de la creación, no sólo a través de la rebeldía y la política. Sino a través de crear lo que queremos, y lo que queremos crear hoy.

 César Manzanos:

 Yo, como no soy futurólogo, ni pretendo serlo, el futuro no lo voy a adivinar, me parece imposible. Desde luego, creo que va a seguir apareciendo gente, aquí, en cada pueblo, que va a seguir haciendo lo que hasta ahora hemos hecho nosotros. Hago una valoración de estos 25 años y hemos conseguido cosas que el Poder ya no va a poder arrebatarnos, porque ya las hemos hecho. Esto no nos lo quita ni Dios. ¿Y ahora hay que decir qué está bien, qué está mal, y por qué?… Disfrutemos de arrebatar al Poder todo lo que podamos.

 Otra segunda reflexión. A mí, por ejemplo, lo que siempre me ha molestado y me ha repateado es la cuestión de la instrumentalización de aquello que para mí es muy importante. El señor Karl Marx, con su investigación sobre el Capital, escribió un manual fundamental para el estudio del capitalismo mejor que el de cualquier teórico librecambista. El bueno del señor Einstein, otro señor pacifista donde los haya, resulta que si se hubiera quedado leyendo el periódico no se hubiera podido fabricar la bomba atómica. No era su intención, pero ha sido instrumentalizado. Y así podemos seguir con más ejemplos.

 Hay una reflexión de un autor muy interesante, que por cierto cuando se murió lloré bastante, que coincidió su muerte con la de Lady Di (aquí se enrolla y cuenta una anécdota; risas); pues bien, era un señor que escribió un libro llamado “El Señor del espectáculo”, donde decía esto. Bueno, él escribía una crítica donde hablaba de lo que él catalogaba como la sociedad de la apariencia, una sociedad donde lo que organizamos no es la comunicación sino la incomunicación. Estamos en una sociedad de sujetos incomunicables e incomunicados, y claro, esto conlleva más control, más posibilidades de que te controlen, control ideológico me refiero. El dice: yo no voy a decir lo que sé, porque lo van a utilizar para todo lo que yo quería evitar.

 A mí me cuesta escribir ya, me cuesta plantear cosas, porque veo que hay un montón de infames estúpidos que se dedican a instrumentalizarlo todo. Esta es la gran preocupación que yo tengo ahora. Habrá que diseñar estrategias de acción, no sé si en la clandestinidad, donde podamos actuar al menos sin ser instrumentalizados. En Euskal Herria, la única posibilidad de un futuro en paz es la desobediencia civil. Y esa afirmación, la hago en unos términos como si fuera ¡pum!, caído del cielo, y lógicamente… tendría que explicarlo todo. Porque creo que es el único espacio común; es, como decía Mabel, jugar ahora sí y ahora no. Tenemos que dejar muchas cosas, instalarnos en la cultura de la resistencia, porque estamos con una mano aquí cooperando, y con otra aquí, cogiendo. ¿Me explico? Luego, cada uno se refugia en su propio ámbito “ecológico”.

  4.3. Debate y preguntas desde el público 

El moderador abre el debate al público: “Ahora es el momento del sufrido público. Se pueden hacer preguntas, dar opiniones...” Entre los presentes se encuentra un gran número de objetores, antimilitaristas e insumisos históricos. 

Joseba O.: Bueno, está siendo tan interesante y tan rico que es difícil saber por dónde empezar. Hay un tema, especialmente. Creo que tiene mucho que ver con los organizadores de estas jornadas, un tema que ha empezado a plantear Rafa y que es el de la cuestión nacional: cómo se enmarca el antimilitarismo en el conflicto vasco. No le hincamos el diente en su día, y a mí me interesa mucho el tema. Llevamos “veintipico” años, recuerdo la época, fuimos a Iparralde diciendo que aquí la alternativa es la desobediencia civil, otro tipo de lucha, también en el conflicto vasco. No sólo contra la OTAN, no sólo contra el Ejército, etcétera, etcétera.

 Entonces, yo me lo plantearía como tema de reflexión, incluso diría, de autocrítica. Nos hemos pasado años diciendo: no, nosotros no nos enfrentamos a ellos, nosotros no somos ¡Basta Ya! ni el Foro de Ermua, nosotros estamos en el mismo lado de las barricadas, somos antisistema, anti Estado ,anti Garzón, y siempre con el mismo discurso: bueno, lo que necesita ETA, lo que necesita la alternativa violenta es una alternativa noviolenta; pero quizá hemos convertido a ETA en otro poder fáctico militar que nos está condicionando enormemente a todos, a los movimientos sociales, a la sociedad vasca; está creando muchos muros por todas partes. Entonces, me gustaría alguna reflexión más en torno al tema.

 Mabel Cañada: No hay tiempo, es un tema que requiere mucha reflexión. Pero en la medida en que yo asumo mi responsabilidad, ésta es mi postura en este momento con respecto a todo aquello que no entiendo.

 Rafa Aldai: Siempre hemos hecho intentos. Creo que nunca hemos rehuido hablar del tema, ni nunca lo hicimos. Teníamos muy claro que era un tema en el que íbamos a perder muchísimo, y tengo que decir que incluso nos aburría cómo se planteaba, así que nuestra opción fue caminar más a piñón fijo.

 César Manzanos: Hemos tardado mucho tiempo en quitarle legitimidad. Como grupo, tampoco nos lo planteábamos, porque para nosotros era inalcanzable. No creo que haya un problema respecto a la postura de la desobediencia civil. Y no puedo poner la disculpa de ETA para no hablar del fracaso, por ejemplo, de muchos procesos que ha tenido el movimiento antimilitarista y que no tienen nada que ver con ETA. Quiero subrayar, a su vez, que nuestro problema no ha sido ETA, nuestro problema ha sido el Ejército, y no hemos hecho muchas cosas que podíamos haber hecho.

 Yo creo que ése ha sido el problema de la desobediencia civil. Y lo digo, además, por muchas razones. Cuando por ejemplo ha habido propuestas, incluso desde la izquierda abertzale, para buscar cauces por la vía de la desobediencia civil, se han dado situaciones que no han tenido nada que ver con que ETA bloquee o no bloquee el proceso; han tenido que ver con que estos procesos se han bloqueado por parte de grupos que no han tenido nada que ver con ETA. Yo voy a donde me llaman, a ver si me explico. Si hay un foro sobre un proceso de paz y me llaman, yo voy donde me llaman. Si mañana tengo un congreso del PP, donde hay que hablar del proceso de paz, yo voy. Yo me caso con el Diablo. Mi espacio común es la acción y tener claro dónde estoy y con quién estoy. Eso es lo que nos falla, o por lo menos lo que yo he visto. He visto muchas claudicaciones y muchas autojustificaciones en esas cosas para ponerte en la poltrona, de gente además que tiene legitimidad; eso es lo que me parece, lo otro es secundario.

 Rafa  Sainz de Rozas: Yo creo que los mecanismos a través de los cuales se ha evitado entrar en este tema han actuado de forma muy distinta a lo largo de estos 25 años.

 Uno ha sido el de la solidaridad con el sufrimiento, también con quien ha sido torturado, situación que es muy difícil de hacerla ver a la sociedad. Se suelen dar una especie de mecanismos de chantaje: “peores son ellos”; es decir, algo así como que puede estar más o menos bien, más o menos mal lo que haga ETA, pero siempre será peor lo que haga la Policía, lo que haga el Ejército, y éstos siempre serán peores para un antimilitarista.

 O quienes con la excusa de que existe ETA, no hacen absolutamente nada, y dicen que no se puede hacer insumisión, porque hay que reforzar la vía institucional, porque como lo que quiere ETA es acabar con las instituciones, entonces... Es un discurso que se ha hecho en cuanto a la insumisión, por ejemplo. Y el antimilitarismo reaccionaba de esta forma: como peores son todos éstos, pues entonces tendamos a no criticar a ETA.

 Y el tercer mecanismo era el de la fascinación. Algo así como si esta gente está dispuesta a matar y está dispuesta a morir, cómo se va a ir en contra, cuánta gente hay que esté dispuesta a dar tanto... De hecho, ése ha sido el mensaje que se daba en algunos carteles: “Hace falta que algunos den mucho por todos”, o frases por el estilo, llevándolo al extremo.

 Estos planteamientos se van desmontando a lo largo del tiempo con la práctica militarista. Sufrieron un primer cambio en el año 84/86 con el tema de la OTAN donde, como digo, el movimiento antimilitarista se separa porque la izquierda abertzale renuncia al antimilitarismo global que supere el simple no a la OTAN. Y ahí hay un primer choque, un choque muy claro, donde empieza el debate. Hay un segundo punto de choque en el tema de la insumisión, donde hay un cambio muy valiente por parte de la izquierda abertzale; pero el tema de ETA sigue estando presente. En última instancia, yo creo que hay una situación en la que por parte del movimiento antimilitarista, en la medida en que no ha criticado el papel jugado por ETA en el proceso de liberación nacional, cae en la contradicción de no criticar una parte de la militarización. Y son realidades que hay que denunciar, que no quiere decir que yo tenga que aceptar ciertos planteamientos ajenos.

 Para mí, como antimilitarista, no es que la gente tenga que tener un DNI vasco para de esa forma afirmar mi nacionalidad. Mi lucha es contra los DNIs; por lo tanto, si yo estoy en contra del carné español también estoy en contra del italiano, del europeo, y del vasco, aunque en el fondo, en mi corazoncito, sienta más la ikurriña que ninguna otra. Pero en el fondo es una contradicción como antimilitarista, y lo tengo que decir. Y cuando hablo de liberación nacional estoy pensando, como antimilitarista que soy, en liberación a nivel social, en el tema de inmigrantes y tal, antes que pensar en dónde poner la muga. Ya sé que éstos son temas que la propia ETA también se plantea. Pero el hecho es que hay un enorme peligro, y es el de que el movimiento renuncie a plantear contenidos de una auténtica lucha social.

 Pregunta 2: Alguien ha mencionado una cierta crisis en el antimilitarismo... ¿Hay un paréntesis, estamos en un momento de impasse?

 Moderador: Aprovechando la pregunta, la juntaría a otros aspectos que no dejan de sorprenderme. Mabel comenta que a la hora de hacer una acción o una reivindicación concreta, no le importa cómo piensen el resto de personas en el resto de cosas y eso me llama la atención, porque puede ser muy efectivo a la hora de poner algo en marcha pero sin embargo eso a la mayoría de la gente cuesta mucho. Tenemos la costumbre de esperar que la persona con la que voy a trabajar comparta un 95% de lo que yo pienso. Por otro lado, Rafa también ha comentado que hay una necesidad de que los movimientos sociales trabajen en conjunto. Ha habido etapas en las que los movimientos luchaban entre sí, por pequeños matices. Entonces, ¿cómo habéis llegado a trabajar con gente con distinta visión en acciones que podían incluso llevaros a la cárcel?

 Mabel Cañada: Nosotros, cuando decidimos formar el grupo Solidarios con Itoitz, teníamos un objetivo que era parar el pantano, y para eso teníamos una herramienta noviolenta. En ese grupo ha entrado la gente que ha querido y nunca nos hemos planteado ningún otro tema. Solamente hemos trabajado el tema de las acciones. Eso sí, cada individuo tiene que tener muy claro por qué se opone al proyecto de Itoitz y cuál es el punto en el que coincidimos. Una vez que cada persona ha tomado una decisión, busca a otras personas para llevar la acción. A mí, eso me basta.

 Tú, de alguna forma eres la acción en sí misma y eso vale también para tus compañeros, porque eres tú el que toma la decisión, no el grupo, nadie te ha obligado, nadie te ha “jamado” el tarro ni te ha convencido de nada; no has firmado nada. O sea, es un “hoy vamos a hacer esto, ¿sí o no?” Y punto. Y ya está. Y quién lo hace, de qué manera, cómo salimos... En la situación más dura, en la que igual vas a ir a la cárcel, en la que vas a estar igual años en una misma celda, sí que hay problemas. Pero son problemas personales, no son problemas ideológicos, ni son problemas de la acción. Por tanto, para qué nos vamos a dividir en cuatro grupos porque uno quiere la acción no violenta con comillas, el otro sin comillas... Es ridículo. Cuanto más hablamos, más nos dividimos.

 César Manzanos: Tengo un amigo que se llama Alberto, un chaval con el que trabajaba en el 81. Yo tuve un poco de culpa de su detención ese año, ya que vino a mí diciéndome que le gustaría informarse sobre la objeción de conciencia. Y le contesté: “Mira Alberto, acción- reflexión-acción. Tú lo que tienes que hacer es actuar, luego reflexionas y luego vuelves a actuar. ¿De acuerdo? Mañana tenemos una concentración ante el Gobierno Militar”. Total que hicimos la manifestación, y nos llevaron a todos a la cárcel. Cuando llevábamos siete días de huelga de hambre, y estando en el patio leyendo el periódico, de repente entraron dos señores, uno de la enfermería y un guardia civil. Y Alberto comentó: “Oye, ¿no crees que ha empezado un poco fuerte esto de la acción-reflexión-acción?”. Posteriormente Alberto ha sido una persona que ha trabajado muchos años en los movimientos sociales y parece que aquella experiencia fue fundamental para él.

 

Rafa Aldai: Actualmente nos encontramos con que los movimientos tendemos a trabajar conjuntamente y ponemos menos pegas a la hora de juntarnos. Tal vez, por los problemas que tenemos todos. Pero hoy día el problema no está en los planteamientos ideológicos sino en la capacidad de incidencia y movilización. Ahí es donde siempre habíamos tenido problema. Y hemos tenido problemas aquí, en nuestro entorno. En Euskal Herria, el gran problema entre los movimientos a la hora de llegar a unidades de acción siempre han sido los métodos. Si no estabas de acuerdo en el tipo de métodos, los detalles te hundían y entonces acababas dejándolo. No, para la próxima no podemos juntarnos con éstos, decías. Es otra situación la de ahora.

 Respecto a la cuestión de si el movimiento antimilitarista se ha enfrentado al tema de ETA... yo creo que nos hemos enfrentado montones de veces. Pero cuando hablábamos del tema nacional, era demasiado variado, por lo cual nos solíamos apartar, porque se empezaba a hablar de fronteras y tal, y ahí empezábamos a intuir que eso nos iba a llevar mucho tiempo. Se solía tratar uno o dos días, y tras ello quedaba apartado. Y con el tema de los métodos, nos volvía a pasar lo mismo. En realidad, nosotros lo que hicimos y hacemos es apostar por los métodos de la desobediencia. Ellos estaban en otra línea, no tenían mucho que aportar ahí. No creo que la realidad del pueblo vasco hubiese variado mucho aunque nosotros hubiésemos tocado más el tema. No teníamos tanta capacidad.

 Mabel Cañada: Igual, tampoco era nuestra misión, ¿no? Yo, si hubiera querido trabajar en ese tema, hubiera pertenecido a otro tipo de grupo centrado en el mismo, mucho más global y con otras connotaciones. (Le siguen explicaciones indescifrables).

 Francesc R.: Bien, yo retomaría lo que ha dicho Mabel. Una cosa que no hemos dicho, pero que creo que sí estamos de acuerdo en ello, es la de que nosotros nos lo hemos pasado muy bien. Y no solamente eso, porque de este placer salían muchas ideas. El motor estaba las 24 horas encendido, y daba mucho de sí. Yo me acuerdo de una vez, con Rafa, en la que nos pegaron muchísimo y al final, estábamos muy contentos, porque habíamos forzado a que nos pegaran y se retrataran ante los medios de prensa.

 Se vivía a tope. Compartíamos pisos. Estábamos pariendo ideas continuamente. ¿Cómo hacer que lo que se creaba en ese momento, que puso las bases de muchas cosas, la manera de vivir la resistencia y la desobediencia, pueda ser trasladado a ahora?

Lo siento, yo no me creo lo que se ha dicho de que yo me junto sólo por esto y no me interesa lo otro, y tal. Eso está bien para una acción puntual, quizás. Pero hace falta una cercanía para los proyectos, para poder llevar adelante no un proyecto de vida sino una acción directa, noviolenta, de desobediencia, de resistencia en sí. Yo lo veo en lo que estoy metido ahora. Si no viviéramos juntos, todos los días, los brigadistas que acompañamos a gente en los conflictos internos de los países a los que acudimos, si no estuviéramos ahí peleándonos por cosas cotidianas, no tendríamos energía, no tendríamos fuerza para ello. Entonces, ¿cómo podríamos hacer para que en las circunstancias actuales, que nos hacen que estemos más separados todos, podamos volver a esa manera hippie de la que nos han acusado de funcionar? ¿De dónde sacamos la energía? ¿De 6 a 8, que estamos para hacer la convergencia ciudadana que nos propone Rafa? No sé de dónde sacar esta cosa, que creo que es necesaria, para volver a plantear todo lo que es la acción directa noviolenta. Lo vemos en otros países, la resistencia se pone casi en bases comunitarias prácticamente. Lo que conocemos es en base a la comunidad.

 No sé, hoy nos falta eso. Con César, trabajamos un año y medio juntos, estábamos en la misma oficina, y todo el rato estábamos pariendo cosas. Con Carlos, estuvimos viajando continuamente y meciéndonos en cualquier parte, y todo el rato estábamos debatiendo y preparando nuestra actuación.

 Pregunta 3: Lo que voy a preguntar está muy relacionado con un par de cosas que han salido aquí, sobre el método y la relación con la sociedad, que podía participar en vuestras acciones. La acción es el método. La acción no es solamente hacer una cosa, la acción es también una propuesta, porque lo que hace ETA es una acción y lo que hacéis vosotros es otra acción, que son incomunicables. Y el método es ya una filosofía, es una forma de pensar, no tienes que coincidir en temas personales pero tienes que coincidir en lo que te pide la acción, y eso es inevitable. Porque si no coincides en la acción, en la medida que la acción va a determinar lo que haces, y normalmente estas acciones son de riesgo, son resistencia, son contracorriente, eso lleva a una separación del grupo de la sociedad. Una sociedad que para compartir te tiene que entender, tú te tienes que sentirte acompañado, que estás con la gente con la que te sientes bien y a gusto, y eso implica tener unas conexiones de ideas, porque si no imposibilitan la exposición de la idea a otra sociedad que la directamente activista.

 Mabel Cañada: Bueno, yo quería decir un par de cosillas al respecto. Estoy de acuerdo en que hacer una acción no es tan fácil y que exige unos mínimos, pero es la acción la que determina los mínimos. No soy yo ni es él, es la propia acción, con lo cual eso personaliza. Cada cuál tiene que asumir los mínimos que exige la acción. Eso es importante, porque eso evita los protagonismos, evita los roces, evita muchas cosas.

 Es cierto que una persona distinta a nuestra manera de pensar pudiera hacer una acción con nuestro colectivo, pero es problema de ellos, no es problema mío. Mi problema es asumir que ellos puedan hacer una acción al lado mío. Yo tengo que reconstruirme a mí misma para posibilitar que si eso llega a darse, yo sea capaz de asumir eso, y además de vivirlo en su justa medida. El que yo no pueda ir a su espacio y el que ellos no puedan asumir una serie de cosas, ése es su problema.

 Sobre la relación acción-sociedad, yo creo que es muy diferente confrontarte a una situación concreta que diseñar una sociedad nueva. Yo creo que lo que hay que hacer es ponerse a ello. Porque entonces los problemas son reales. Porque no sabemos en realidad lo que supone hacer una sociedad nueva. Son décadas de fantasías y luego resulta que cuando te pones a hacer las fantasías, éstas y la realidad no tienen nada que ver. Entonces, si queremos una sociedad nueva hay que ponerse a ello, y naturalmente hace falta unos mínimos, pero lo principal es la práctica.

 Rafa Sainz de Rozas.: Yo quiero reivindicar la vertiente no hippie del movimiento. Si el movimiento antimilitarista ha llegado a ser lo que es, fue porque por un lado hubo una gente que tuvo sentido de compartir muchas cosas, de estar en una interacción personal, de tener el “motor encendido las 24 horas”. Yo creo que eso fueron situaciones excepcionales que crean una especie de germen que luego provoca muchas cosas. Pero quienes hicieron de la insumisión lo que ha llegado a ser, no lo fue precisamente por esa interacción, sino por un análisis muy pormenorizado, muy realista, de medir riesgos, de ver hasta qué punto se podía “jugar” con la represión para estar en el tira y afloja con el Estado. Entrar en esa discusión ideológica, que muchas veces tanto nos separa y que es tan distinto de la acción como elemento que nos carga de energía y que nos hace estar empáticamente cercanos al que está compartiendo con nosotros ese riego, y meternos en el tema tan aburrido y cansante de la discusión ideológica, pero que al final te garantiza que una determinada unidad de acción esté dotada de la coherencia en el mensaje y en el discurso, que hace que se reciba antes.

 Acaso también hacen falta “momentos mágicos”, pero creo que la noviolencia también bebe de otras fuentes, que son la necesidad de que haya una coherencia, también con un mensaje global que tenga sentido.

 César Manzanos: Quiero decir algo sobre eso de “disfrutar con que te peguen”, que ha dicho Francesc. Me suena a aquello del chiste del orgasmo del herrero, que estaba con la polla encima del yunque, dándose con el martillo. Y pasa uno por ahí, y le dice: “¿Qué está haciendo usted?” Y responde el herrero: “Aquí, masturbándome”. Tras lo que vuelve a preguntar el paseante: “¿Y el placer?”. “¿El placer? –contesta el herrero-; el placer es cuando dejo de darme”.

 Con esto quiero decir que nosotros aprendimos con el tiempo. Aprendes a que hay que aguantar golpes cuando están lo medios de comunicación. Yo me acuerdo una acción concreta, muy bonita, en Gasteiz, que nos dieron una somanta de ostias delante del Gobierno Militar. Terrible. Entonces teníamos la consigna de que cuando se hubieran hecho las fotos, nos marchábamos. Dejamos allí a la Policía, aquéllos sí que tenían placer. Porque el placer tiene que ver con el deseo. Y en ese sentido creo que si algo ha sido la acción noviolenta es que hemos tenido muy clara la metodología, método como forma de proceder. Y además, hemos respondido a aquella idea de que una buena gestación genera un buen “parto”, es decir, que para que algo salga muy bien tiene que estar muy bien preparado y tiene que tener sentido. La acción no tiene sentido en sí misma. La acción humana no tiene ningún sentido.

 Un tema que me preocupa, especialmente a raíz de lo que ha planteado Rafa, es la cuestión de la legitimidad social de lo que se hace, de que se entienda. Yo, por ejemplo, creo que hay contradicciones en lo que hemos vivido. Nosotros podemos hacer muchas lecturas de lo que ha sido la lucha por la abolición del servicio obligatorio. Está claro que la gente joven vivió el movimiento y se sumó. Pero claro, era una forma de entenderlo bastante poco ideológica. Había que explicar a la gente que nuestro objetivo no era la abolición del servicio sino la desmilitarización. Y consiguientemente, ahora tendría que haber hordas de resistentes luchando, no pagando impuestos, boicoteando a quien explota criaturas en todas las partes del mundo, no yendo al fútbol porque Ronaldo sólo es publicidad con la Nike...

 Mucha gente que se subió al carro de la insumisión fue para librarse de la mili. Desde mi primo hasta no sé quien. Es decir, si entramos en esa cuestión de “hacemos o no hacemos” por el tema de la legitimidad, terminaremos por no hacer nada, nos quedaremos en casa, y no es eso. 

(Se termina la cinta y no hay más grabación. Pedimos disculpas). 

HITZALDIEN AURKIBIDERA ITZULI

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