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4.1. BALANCE DE LOS OBJETIVOS Y DE LO QUE SE HA LOGRADO |
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| Joxean Izquierdo, miembro de Kakitzat. | ||
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La
movida que comenzó en Gipuzkoa y que luego se extendió por toda Euskal
Herria, con el nombre de Kakitzat, llegó a la objeción de conciencia y a
la lucha contra el servicio militar desde otras bases y realidades que la
del MOC. Entre otras razones, porque se articularon en su origen en
localidades donde la violencia política (su justificación y su uso) era
algo incuestionable entre los sectores radicales de izquierda –abertzales
o no- y/o alternativos. Su legitimidad venía dada por la dura represión
vivida en las postrimerías del franquismo y principios de la transición.
Su legitimidad social era amplísima y era lógico que quienes empezásemos
a andar por este camino de la desobediencia civil, los referentes de la
noviolencia nos pareciesen bastante hippies. La noviolencia nos chirriaba
por los cuatro costados. Aun
así, había otras razones por las que huíamos de las definiciones
cerradas. La primera, por la evidente pluralidad de quienes constituimos
los primeros grupos. Ello nos llevo a priorizar los acuerdos de mínimos
de cara a construir un movimiento antimilitarista –antimili- amplio y
plural, que aglutinase a diversos sectores, y en ese enfoque la
noviolencia nos parecía que cerraba más puertas de las que habría. En
segundo lugar, a muchos el MOC nos parecía más un partido de la
noviolencia que un movimiento social. Dicho de otro modo lo nuestro era
trabajar por la construcción de un movimiento de oposición al servicio
militar –a ser posible, de eso que entonces se llamaba de “masas”- y
en ese paso, la objeción de conciencia era sobre todo un instrumento más
que una filosofía. En
esa misma línea, decidimos no abandonar la mirada hacía los cuarteles, a
la denuncia de lo que pasaba dentro de ellos o el apoyo a los reclutas que
necesitasen ayuda, que con el tiempo se convirtieron en oficinas de
soldados –que dicho sea de paso, generaron más publicidad en algunos
casos que trabajo real-. El
tercer elemento diferenciador era nuestra apuesta por construir un
movimiento antimilitarista vasco propio, lo que no significaba no
coordinarse con otros colectivos del Estado español o trabajar
conjuntamente en campañas de diverso tipo. Un movimiento que primase
también la denuncia de lo que significaba el Ejército como elemento
represivo de peso en las aspiraciones de Euskal Herria a su soberanía
nacional, a su derecho a la autodeterminación. Desde
el punto de vista por el cual nos constituimos y sobre el que ha girado la
mayoría de nuestra actividad, esto es la existencia del servicio militar
obligatorio, podemos decir que el balance ha sido un éxito, pues aunque
no ha desaparecido legalmente el servicio militar obligatorio, sino que se
ha suspendido indefinidamente, esta obligación ya no existe y será muy
difícil volver a restaurarla en un futuro. Ha
sido un éxito también en lo que se refiere al cuestionamiento social de
los ejércitos y del militarismo en general, que ha sido la estela que la
lucha contra la mili ha ido esparciendo en su camino. Cuestionamiento
social que ha trascendido la lucha insumisa y que llega hasta el día de
hoy con los problemas que tiene el Ejército español para acabar de
definir su modelo ante la falta de efectivos voluntarios, por poner un
ejemplo. Desgraciadamente,
no podemos decir lo mismo de otros aspectos del antimilitarismo que fueron
constituyendo parte vital de nuestros planteamientos. Ni en lo que se
refiere al Ejército español, que a pesar de las dificultades que
atraviesa internamente ha encontrado su justificación social en el ámbito
internacional, donde cada vez está más integrado y, por lo tanto, es
mayor su presencia en los diferentes conflictos bélicos, ya sea bajo la
bandera del “intervensionismo humanitario” o la más reciente de la
lucha contra el “terrorismo”, pasando por una mayor presencia interna
asumiendo funciones policiales, ya sea en temas de narcotráfico o
inmigración, que se suman a la que ya ejerce en la práctica, aunque sea
a través de sus servicios de inteligencia contra ETA. Y su corolario de
aumento de los gastos destinados a Defensa, el aumento de medios y
recursos para la investigación militar, la fabricación y exportación de
armamento... Ni tampoco la capacidad para haber influido de manera real en
la desmilitarización de Euskal Herria (sin querer entrar ahora en este
tema que puede dar para mucho). En
el apartado de logros, señalar igualmente algo no menos importante para
nosotros: el hecho de abrir otras puertas y caminos por donde pueda
transitar la rebeldía. Una demostración de que sí es posible, a veces,
cambiar lo realmente existente. El
tipo de sociedad que se quería, ¿dónde queda? ¿Qué queda por
conseguir? Como
organización, nunca apostamos por definiciones cerradas ni mucho menos
concretas (lo cuál era lógico dada la pluralidad existente en el
interior Kakitzat), pero de una u otra manera estaba claro que nos situábamos
en el lado de quienes apostábamos por una sociedad radicalmente
diferente. Más libre en lo nacional y en lo social, más justa, más
participativa y democrática, menos consumista y más ecológica, menos
machista y más feminista... Es
evidente que se ha retrocedido bastante, en especial en la desvertebración
social que afecta al fondo mismo de los
movimientos sociales. Sin voluntad colectiva es muy difícil establecer
las redes que son la base de los movimientos asociativos y populares. ¿Qué
aportación hemos hecho en estos años? Más
allá de extender la conciencia antimilitarista en Euskal Herria, creemos
que hemos aportado algunas ideas interesantes. Veamos: La
primera la hemos comentado anteriormente y tiene que ver con las
posibilidades reales de cambiar las cosas, de influir en la realidad, máxime
cuando parece que nada vale para nada, que todo sigue igual, hagamos lo
que hagamos. Y lo hemos hecho incluso en condiciones adversas y por las
que nadie apostaba un duro, hasta muy avanzada ya la lucha. Que todas las
luchas necesitan su “tempo”, para madurar las condiciones, y sobre
todo para saber volver del revés la represión que siempre se avecina. La
segunda tiene que ver con la manera de hacer las cosas: saber combinar las
acciones minoritarias -¿pedagógicas?- con las acciones que antes se
llamaban de masas. De intentar darle mucho a la imaginación, a lo lúdico,
sin abandonar nunca la búsqueda de todo tipo de apoyos institucionales,
sindicales, políticas, asociativas... como fuente que ayuda tanto a
generar conciencia como base social. Para ello ha sido vital beber de las
fuentes de otros movimientos asociativos. La
tercera tiene que ver con los propios protagonistas e impulsores de la
lucha. Con la voluntad de buscar la unidad de acción permanente entre
quienes apostamos desde un principio por ella. Unidad no exenta de
tiranteces, pero que no ha impedido la personalidad propia de cada cual,
ni sus propios espacios de trabajo, pero que no impidió el trabajo común.
¿De
qué ha valido ese esfuerzo? ¿Qué queda de todo aquello? Ha
válido, en principio, para que las generaciones futuras no conozcan la
escuela castrense ni sus secuelas. Una obligación que ha marcado sin duda
a generaciones enteras de jóvenes en lo peor. Queda
una conciencia, un poso antimilitarista, que se sigue observando en buena
parte de la sociedad. Y en lo que de nuevo puedan traer los movimientos
sociales que se basan en la filosofía del movimiento antimilitarista, en
especial el movimiento antiglobalización, muy empapado de esos aires. ¿Y
ahora qué? ¿Cómo? ¿Por dónde? ¿Con quién? Al
movimiento antimilitarista le ha pasado lo que al movimiento anti-OTAN,
pero al revés. Uno se hundió como consecuencia de la derrota del referéndum
del año 86, y el otro por su éxito en lo que al núcleo central de sus
reivindicaciones se refiere: la abolición del servicio militar. Y no es
porque el movimiento antimilitarista no fuera consciente de esas
limitaciones e intentase diversificar sus campos de trabajo. Pero es
evidente que no ha funcionado. Como
con otros movimientos, lo que hemos conocido como movimiento
antimilitarista es muy hijo de sus creadores. Y por tanto, muy marcado por
las condiciones y el contexto en el que se dieron sus luchas.
Desaparecidas éstas o modificadas las condiciones, se asiste a su
retirada y, por tanto, a su desaparición del panorama o cuando menos a su
menor presencia e incidencia social. Dicho esto, lo anterior no significa
que las reivindicaciones pendientes no vayan a ser retomadas por otras
generaciones, con otros lenguajes y formas. Algo de eso pasa ahora. Las
organizaciones que nuclearon la resistencia contra la mili (y contra las
guerras y el militarismo de la década pasada) prácticamente han
desaparecido del panorama social y, sin embargo, las masivas
movilizaciones contra la guerra visualizan una conciencia antimilitarista
generalizada de nuevo cuño, pero más difusa y con otros protagonistas. También
pienso que está naciendo una nueva forma de pensamiento menos
sectorializada y más global, en el sentido de que los valores del
ecologismo, feminismo, pacifismo, justicia social, democracia, derechos
humanos y colectivos, etcétera, se entremezclan y se relacionan entre sí
y llenan de contenido, por ahora difuso, esa consigna de “otro mundo es
posible”. Ello
no es óbice para visualizar que aquí, en Euskal Herria, en el panorama
político tan tensionado y polarizado que vivimos, el espacio que tienen
los movimientos sociales para actuar es harto reducido. La desmovilización
social que antes he mencionado, no favorece ni estimula precisamente su
desarrollo (soy consciente de que el tema es mucho más complejo, pero
también de que sería necesario mucho espacio para hablar de él). En
referencia al debate surgido sobre la situación actual y su influencia en
los movimientos sociales y los métodos de desobediencia civil:
La
situación actual polarizada por la lucha armada y las medidas
liberticidas emprendidas por el Gobierno del PP, con el apoyo ciego de un
PSOE plegado de pies y manos en el tema vasco, no nos pueden ser ajenas.
Seguir en lo nuestro como si tal cosa, no puede ser. Aunque solamente sea
por que ya hace tiempo que la línea represiva se ha extendido tanto, que
asistimos impotentes a cierres de medios de comunicación, encarcelamiento
de desobedientes civiles y criminalización de entidades como ABK o Joxemi
Zumalabe. En la difusa lucha contra el “terrorismo” y su entorno, todo
vale y todo entra en el mismo saco. Por no entrar ahora en la profundización
de las vías represivas y militaristas generadas tras los atentados del
11-S a nivel internacional y que dan alas a los sectores más
conservadores y reaccionarios en su lucha contra los derechos ya sean civiles, laborales,
sociales, nacionales o de expresión a nivel planetario. En
ese contexto, el margen de maniobra del PP es aún muy amplio y sin mucha
contestación en el resto del Estado. Y ello, entre otras consecuencias
conlleva la dedicación de tiempo, fuerzas y medios a responder a dichas
medidas antirrepresivas. Otro
elemento a considerar es que la actual confrontación política y los parámetros
en que ésta se desenvuelve
en términos tan tajantes y tan en blanco y negro (terrorista o demócratas,
nacionalistas y constitucionalistas, violentos y pacifistas...), los
movimientos sociales lo tenemos difícil para transitar por aguas que
intenten romper esas posiciones aunque sea por otras problemáticas. El
efecto “marca” es demoledor en estas circunstancias. Si se reciben
apoyos del llamado “campo nacionalista” o de “los violentos” se
queda bajo un determinado patrón que los medios de comunicación se
encargarán de situarlo y/o criminalizarlo. O viceversa. Es
obligado mencionar que igualmente la lucha armada contrarresta, anula, los
efectos positivos de la desobediencia civil, en especial si se refiere al
hecho de aplicarla en pos de objetivos de soberanía nacional. Y no
quisiera que se me entendiera que lo menciono a nivel general. En este
pueblo, en este tiempo y en esta sociedad son formas de lucha totalmente
contradictorias. Acerca
del relevo generacional: Quisiera
destacar algo que creo es predominante en muchos de los pequeños grupos
que pululan por nuestra país y se reclaman de la desobediencia civil. El
hecho cierto es que buena parte son grupos formados hace ya tiempo y por
tanto muy propicios a inercias y rutinas, estilos de trabajo, relaciones
personales muy labradas... Es evidente, y los ponentes en la charla ha
sido un botón de muestra, que la base humana y militante de ese
microcosmos que son los grupos que dan forma a los movimientos sociales ha
envejecido. Y
lo hemos hecho, porque me incluyo, sin que se haya asegurado un relevo
generacional. Y eso es un problema grave de cara al futuro. Al margen de
que es además un problema añadido, pues buena parte de los malos rollos
habidos en el pasado siguen estando presentes y eso no genera precisamente
un buen punto de partida para salir de una situación de atomización. Y
porque nos resta audacia y compromiso. La
búsqueda de espacios de confluencia y contacto con la juventud son, en mi
opinión, un elemento clave y estratégico de cara al futuro.
Afortunadamente, parece que algunos aires nuevos empiezan a fluir
inspirados por la corriente antiglobalización y antiguerra que sopla por
todo el mundo y donde la presencia de las nuevas generaciones se siente
con fuerza. Quisiera creer que estamos asistiendo a una especie de etapa de transición. Todo avanza ahora a una velocidad endiablada. Incluidos los cambios políticos y sociales, y en parte es lógico que todo el mundo deba replantearse cambios en muchos aspectos, lo que requiere tiempo. Pero tiempo es a la vez lo que nos falta. Sin prisa pero sin pausa... a veces lo importante es seguir andando. |
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