6. OJO POR OJO Y DIENTE POR DIENTE, Y EL MUNDO ACABARÁ CIEGO

Patxi Azparren Olaizola

Biltzarkide de Autodeterminazioaren Aldeko  Biltzarrak (ABK)

La última fase del conflicto palestino-israelí, especialmente cruenta, ha traído a nuestras casas el recuerdo de la denominada “ley del Talión”. Esto, unido a la escalada de tensión en Cachemira, la curiosa visión apocalíptica de G.W. Bush, etcétera, pone de plena actualidad la frase pronunciada por Gandhi y que encabeza este texto. 

La venganza entendida como ejercicio de justicia ha sido recurrente en muchas culturas, entre otras la semita. Métodos de venganza han sido utilizados por todo tipo de culturas y pueblos: los indoeuropeos, los chinos, amerindios , vascos...

 La ley del Talión ha sido criticada, no sin razón, por abocar en una infinita espiral de violencia, aunque, posiblemente, su primera legislación tuviera como objetivo limitar el nivel de venganza-violencia.

 El célebre código de Hammurabi del siglo XVIII a.C., ya recoge esta ley de forma escrita. Solón, legislador griego, del siglo VI a.C. también pretendió con leyes similares limitar la entonces generalizada práctica de la venganza que se producía entre familias y linajes atenienses. Las juntas y la corona Navarra en Euskal Herria persiguieron los crímenes de los banderizos que asolaron nuestra Edad Media.

 Todas estas leyes tienen como misión cortar las espirales de muerte y tendieron a codificarse cuando empezaron a formarse entidades políticas que unen a personas por lazos diferentes a la consanguinidad.

 Junto a esta loable intención de romper con una venganza en cascada, estas leyes tienen otro objetivo, que consiste en dotar al poder político y/o religioso, del monopolio del uso de la violencia. Esto puede ser interpretado con una doble intencionalidad diametralmente opuesta: una, consistiría en regular el uso de la violencia en una progresiva evolución hacia una sociedad más armoniosa, donde los conflictos se solucionasen de forma pacífica y satisfactoria. La otra, en cambio, pretendería presentar como única violencia legítima, la proveniente del poder civil o religioso, condenando -palabra de claro sentido religioso- cualquiera producida que fuera ajena a éste.

 Hamas, en Palestina, apela a la ley del Talión para asesinar a civiles empleando personas-bomba. Sharon, bajo esa misma ley, hace del crimen de Estado un ejercicio de “justicia”. La familia Bush, en Florida con la pena de muerte; G.Bush, en Irak; J.W.Bush, en Afganistán y posiblemente en Irak, aplican su propia ley del Talión contra “el terror”. No pocas veces en Euskal Herria truena desde esquinas contrapuestas esta ley bíblica.

 En la medida que la composición de una sociedad une a personas sin lazos de parentesco sea éste mítico o real, y a la vez que los instrumentos de violencia son más sofisticados y peligrosos, los códigos tienden a poner mayores obstáculos al recurso de la violencia.

 A mayor capacidad de hacer daño y mayor riesgo de producir la muerte, y con ella reacciones en cadena que puedan llevar a la autodestrucción de las colectividad, éstas se dotan de elementos de persuasión que alejen al máximo la posibilidad de ese peligro.

 Este principio no sólo se aplica al ser humano; también animales como el lobo, el león, el gorila… con fuerza suficiente como para aniquilar a sus congéneres molestos, evolutivamente desarrollaron rituales que dificultan al máximo un conflicto mortal.

 El ser humano, con capacidad de destrucción total, necesita encontrar los métodos que eviten que los conflictos entre nuestra especie se desarrollen por vías violentas. Esta vez, no como resultado de una lenta y azarosa selección natural, sino como fruto del desarrollo de otras capacidades que hemos ido desarrollando, como lo son nuestra inteligencia y nuestra maravillosa capacidad de afectividad y empatía.

 Existiera o no como personaje histórico, o simbólico, se atribuye a Jesús de Nazaret la ruptura con la tradición del Talión, bajo la conocida coletilla de “poner la otra mejilla”. Esta ruptura mental y cultural era necesaria al producirse el paso de una religión tribal a otra de “hebreos y gentiles”, universal y antropocéntrica.

 La interpretación de este novedoso mensaje por el Imperio romano y la Jerarquía eclesial no pudo ser más cicatera: de ella se hizo una lectura proclive a la sumisión, esa misma que atribuye al poder la legitimidad exclusiva del uso de la fuerza.

 Una de las personas que sí encontró en esa frase evangélica un laico contenido  revolucionario fue Mohandas Gandhi. Por medio de una experimentación práctica, el líder hindú encontró en la renuncia a la ley del Talión, una poderosa e incruenta arma que nada tiene que ver con la sumisión, la pasividad o el conformismo. No respondiendo al agresor con su misma medicina, la espiral que éste quiere crear y perpetuar con intención de vencer con su mayor fuerza o con un crónico empate infinito, se resquebraja cambiando la dialéctica que el poderoso quiere imponer.

 La nueva respuesta rompe con esa dialéctica, contribuye a disminuir  el odio, dificulta la cohesión entre el colectivo agresor y evita que el conflicto derive hacia un lugar donde los contendientes acaban siendo figura e imagen distorsionada de los dos lados de un mismo espejo.

 Gandhi utilizó ese nuevo método contra el ocupante inglés, pero también quiso que no cayera en el olvido, como sí ocurrió en cambio cuando musulmanes e hindúes optaron por separarse en dos Estados. Hoy de nuevo, Pakistán e India corren el peligro del ojo por ojo y  acabar ciegos y radioactivos.

 Ni hindúes, ni musulmanes, ni sijs, asumieron el método gandhiano en toda su radicalidad. Porque, renunciar a la dictadura de Talión está, sobre todo, relacionado con la coherencia y correlación entre los fines y los medios. La noviolencia activa, con la renuncia a Talión, pretende que, como personas y como colectivo, nuestros actos sean reconocibles en todo momento con nuestros proyectos, y que cada acto de nuestra lucha, de facto, se convierta en una consecución paulatina de nuestros objetivos finalistas.

 Cada uno/a de nosotros somos un objetivo en nosotros mismos, como lo es cada pueblo o colectividad. Colocar la obtención de lo que aspiramos a conseguir, de lo que queremos y somos en un futuro eternamente aplazado, nos lleva a vivir una vida que no es la nuestra. Si para conseguir un objetivo que reúne unas características de solidaridad y justicia empleamos la injusticia y el odio, no sólo no podrá conseguirse jamás, sino que además habremos pasado toda nuestra existencia siendo el ogro al que queríamos combatir.

 Entre muchos, Sharon en Palestina, Putin en Chechenia, Bush en su eterna lucha contra el eje del mal, Aznar y Garzón, son algunos de los representantes de una larga tradición que legitima el uso indiscriminado de la violencia legal, que regocijándose en su enano poderío e inviolabilidad, quieren taponar cualquier salida a los conflictos de los que son parte conscientemente activa.

 Indios, palestinos, vascos... necesitamos desarrollar nuestra propia vía que rompa con Talión, vía que nos permita escapar del laberinto de espejos en que nos perdimos. Debemos evitar la extensión de una esquizofrenia social autodestructiva, poniendo en práctica cada pueblo y persona nuestro proyecto global en todo su atractivo y sinceridad, siendo realmente quien queremos, y como queremos, ser y hacer.

 Esta es, a mi entender, la propuesta revolucionaria de la noviolencia activa hoy y aquí, hoy y allí. Una propuesta, aplicable desde hoy en cada uno/a de nosotros y en cada uno de nuestros pueblos. 

HITZALDIEN AURKIBIDERA ITZULI

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