CIUDADANÍA, DERECHOS
HUMANOS Y DESOBEDIENCIA CIVIL
Conferencia celebrada en las IV jornadas sobre Noviolencia
Activa, Donostia/San Sebastian octubre de 2005
Javier de Lucas es
Catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política de
Javier de Lucas: Egun on eta
eskerrik asko. Estoy muy
contento de que Javier Sádaba citara mi nombre y me
permitiera participar en estas jornadas. Mi experiencia es sobre todo la
discusión en grupos, en la universidad, no sólo en la de Valencia, y también de
trabajo en cuestiones de noviolencia, de acción noviolenta y de desobediencia civil, fundamentalmente en
dos ámbitos: hace mucho tiempo, en relación con la objeción de conciencia
vinculada al servicio militar, y, desde el año 90, casi exclusivamente centrado
en temas relacionados con inmigración, la situación de los sin papeles, los
diferentes procesos que se dan... He colaborado con entidades que trabajan en
estos temas y en el Euskal Herria he tenido relación con Harresiak
Apurtuz, que me parece que han trabajado mucho y muy
bien, y, en menor medida, he tenido relación con SOS Racismo y la red Acoge.
También en menor medida, he trabajado con el movimiento ocupa de Valencia,
donde ha habido algunas acciones particularmente contestadas con enorme
violencia por parte del Estado, incluso con una implicación directa en una imputación de delito de terrorismo que se diluyó después del
calvario de cuatro o cinco años para la mayor parte de los implicados. No había,
por supuesto, la más mínima relación ni siquiera con un concepto extenso de
terrorismo como el que se suele utilizar cuando se instruye de modo policial y
no de modo jurídico. Aquí se sabe perfectamente de lo que estoy hablando, más
aún cuando está presente en esta sala alguno de los imputados en el proceso
18/98, y se sabe perfectamente lo que supone esa violación elemental de las
reglas del juego del estado de derecho cuando se sustituye la instrucción
jurídica por una instrucción meramente policial, que arranca de un prejuicio,
una instrucción en la que no se permite incluir todos los elementos de
defensa... Ésta es la historia de la instrucción realizada desgraciadamente por
el juez Garzón y que habrá que ver como se desarrolla en el juicio que se iniciará
próximamente en Madrid. Habrá que ver cómo se desarrolla, pero yo pienso que
desde un punto de vista jurídico la contaminación de esa instrucción por la
instrucción policial constituye un argumento que, desde un punto de vista
técnico-jurídico, debilita muchísimo cualquier posibilidad de llevar adelante
este juicio. Pero insisto, habrá que esperar...
Tengo que reconocer
que me muevo fundamentalmente en el ámbito del estudio y ayuda a las campañas
de sensibilización y discusión con grupos sobre la noción de desobediencia
civil, la resistencia y la actuación noviolenta, y,
por tanto, mi aportación esta mañana no puede ir mucho más allá de eso; esto
es, no puedo hablar de experiencias concretas, pero afortunadamente para eso en
estas jornadas hay talleres y contáis muchos de vosotros con suficiente
experiencia. Lo que es bueno es poder contar durante estos días y en este
espacio con intervenciones de todo tipo para discutir.
Lo que yo he pensado
hacer y trataré de hacer de la manera menos aburrida y más rápidamente posible,
para no cansar, es tocar varios puntos. Puede ser que ninguno de ellos sea mínimamente novedoso o interesante, salvo quizá mi opinión
sobre el último, pero voy a comenzar.
El primer punto es
plantear por qué me parece que desde el mundo académico-universitario no se
entiende bien en que consiste en este momento la estrategia de la desobediencia
civil y de la resistencia noviolenta. Cuando hablo
con compañeros, con colegas, me parece que hay una incomunicación enorme, con
las lógicas excepciones, respecto a la realidad de hoy de los movimientos que
llevan a cabo actuaciones y estrategias de desobediencia civil, de resistencia
y acción directa noviolenta. Creo que es bueno que
quienes están intentando pensar sobre estas cosas y organizar estrategias desde
la universidad puedan saltar ese foso que yo, insisto, desde mi experiencia
personal, constato. Intentaré explicar por qué pasa esto.
En segundo lugar,
quisiera discutir o tratar de dar algún argumento sobre lo que me parece que es
el problema fundamental de la incomprensión por buena parte de la opinión
pública bien intencionada. No me refiero, claro está, a la que no está bien
intencionada o a la que permanece pasiva ante la manipulación que en este
momento hay de la desobediencia civil; cuando hablo de esa manipulación, me
centraré en el ámbito estatal, pues en otras charlas ya se hablará de la
situación internacional. Y a ese respecto, propongo discutir dos o tres
referencias de la dimensión civil de la desobediencia civil, que creo que es
donde radica un poco la falta de comprensión, la incomunicación y una cierta
dificultad en llegar a la opinión pública. Insisto, a la opinión publica bien
pensante, no a los protagonistas y movimientos de desobediencia civil, que a
pesar de las dificultades tenemos muy claro lo que queremos. En el fondo, es a
esa opinión pública a quien se trata de interpelar.
De esta manera, lo
que quería era abundar sobre aspectos que me parece no están suficientemente
argumentados para contestar un tópico que parece irrebasable:
la creencia de que la estrategia de desobediencia civil que utilizan en este
momento buena parte de los movimientos sociales es una estrategia que
directamente supone exceder la noción de legitimidad. También hablaré de cómo
esta creencia contribuye a lo que podríamos llamar “Estado Común de Criminalización”, asociando las acciones y los
protagonistas de la desobediencia civil a una respuesta única del Código Penal,
una respuesta que considera a los sujetos de la desobediencia civil como
delincuentes o como un tipo particularmente peligroso de delincuente.
Otro de los puntos
que incluiré en mi charla es el riesgo de dispersión entre los movimientos que
trabajan la desobediencia civil. Aunque la situación cambia según el contexto,
creo que en casi todas partes se ha vivido en la historia reciente momentos
parecidos: un momento inicial de coordinación de la estrategia de la
desobediencia civil, y un posterior momento de extensión y atomización, donde
la estrategia de la desobediencia civil, en función de los problemas e
intereses concretos, se dispersa en iniciativas y movimientos de tamaño más
pequeño. Actualmente, supongo que también en Euskadi,
creo que se vive otra vez una estrategia de coordinación.
Sobre la relación
entre el mundo académico-universitario y los movimientos que utilizan la
estrategia de la desobediencia civil, creo que el problema fundamental estriba
en que, salvando las excepciones y generalizando, desde las revistas de
pensamiento, desde la universidad... en términos generales hay una
incomprensión respecto a lo que pasa hoy con la desobediencia civil. La
incomprensión radica que en que esa parte sigue plantada en la dimensión
clásica de la desobediencia civil; es decir, siguiendo las fuentes de
pensamiento doctrinales, sea la línea de Tolstoi y la
de Gandhi, la de Einstein,
la del movimiento de derechos civiles de Luther King... Desde ese ámbito se sigue pensando en una
estrategia de desobediencia a mandatos normativos, una desobediencia de
carácter público, pacífico y noviolento, y que es
puntual en relación con una ley o una decisión que se impugna y que, por tanto,
no puede no ser extraordinariamente minoritario. Por lo tanto, aunque se
reconoce la dimensión política de la desobediencia civil (sobre todo, en la
vieja raíz del pacifismo, el antimilitarismo...) no se reconoce que la
desobediencia civil en los últimos 10 años (o desde hace como mucho, 15 años)
se ha transformado.
A mí me parece claro
que como consecuencia de un montón de circunstancias que tienen que ver
obviamente con la caída del muro y la nueva fase imperial en el orden
internacional, con la ampliación del número formal de democracias nominalmente
representativas..., hoy en día los movimientos que hacen desobediencia civil
hablan mas bien de acciones de carácter socio-político mucho más diversas y muy
relacionadas con diferentes movimientos de resistencia. Enumerarlos es muy
difícil, pero las gentes que participan en estas jornadas están vinculadas a
ese abanico de movimientos, no sólo al antimilitarista-pacifista, que fue el
más fuerte originalmente en Euskadi y también en el
Estado Español, sino también al ecologista, y, por supuesto, también desde el
feminismo y las dimensiones de la lucha de género... Esto se ve bastante claro
en las últimas ediciones del Foro Social de Porto Alegre, donde se plantea que
la tesis de la verdadera alternativa a la globalización no es la sociedad
civil, sino la desobediencia civil. Eso lo sostiene Naomi
Klein, alguien con quien no estoy totalmente de
acuerdo en casi nada de lo que dice, excepto en ese punto. Alguien con quien
estoy mucho bastante más de acuerdo y que muchos de vosotros conocéis, mi
colega y amigo Arcadi Oliveres,
ha dicho y lo ha repetido muchas veces, que la desobediencia civil estaba
llamada a ser la estrategia del movimiento altermundialista.
En buena parte del
lenguaje del movimiento social critico y alternativo, se ha adoptado una
definición de desobediencia civil y una consiguiente línea de actuación que
tiene ya poco que ver con la definición que se establece en la ya famosa carta
de Luther King escrita
desde la cárcel de Birmingham. Precisamente, al extenderse, al ampliarse, la
desobediencia civil gana efectividad y gancho social pero propicia
que haya polémicas y malentendidos entre quienes sostienen una perspectiva
clásica y formal de la desobediencia civil y sus objetivos.
Como decía antes, el
punto en el que yo quiero fijarme ahora es la dimensión de lo civil, en el
carácter civil de la desobediencia. Para explicar eso y tener una idea clara de
los argumentos que yo querría exponer (y más allá de que yo me explique hoy
mejor o peor), quiero hacer referencia directa a Paco Fernández Buey, que es
alguien a quien muchos de vosotros conoceréis, y que ha escrito sobre
desobediencia civil en el contexto del movimiento antiglobalización.
Los textos más fáciles de encontrar están en una revista publicada en Internet
que se llama
Según Francisco
Fernández Buey, hay una forma tradicional de entender la dimensión civil de la
desobediencia, que plantea la necesidad de cumplir 2 o 3 requisitos.
El primero, su
carácter pacífico en el sentido de la noviolencia
activa. Hay que señalar que ésa es una discusión nada sencilla, como sabéis
todos bien, porque, a mi entender, ese modo literal y a veces dogmático de
definir esa expresión es uno de los problemas que tenemos delante; sobre todo,
en la medida en que la noviolencia es una estrategia
para hacer frente a la violencia, y no sólo a la física, sino también a la
estructural.
El segundo requisito,
su carácter publico, tiene dos sentidos. El sentido meramente literal del
término supone ser conocida, abierta, trasparente, no
clandestina, pues es difícil hacer desobediencia civil si uno la hace de manera
que nadie se entere. Y, en su segundo sentido, pública, porque el objetivo e
interlocutor de esas acciones no es el inmediato, ni son las autoridades, ni
siquiera las autoridades que están detrás de los mecanismos de respuesta a la
impugnación que uno realiza con los actos de desobediencia, sino que el
interlocutor es, en realidad, el resto de la gente que constituye el pueblo con
el que uno vive; es decir, lo que se llama el soberano, aunque casi nunca es
considerado el soberano. En definitiva, los demás, y, si queréis, lo llamamos
sociedad civil, o, si queréis, lo llamamos el pueblo. Esta cuestión me parece
importante porque tiene que ver bastante con unas afecciones de civil, de
civilidad, que creo que sin embargo la concepción clásica de la desobediencia
civil no tiene en cuenta; porque desobediencia civil quiere decir también otra
cosa y ése es el punto donde quizás surge la diferencia por la falta de
comprensión.
Yo creo que hoy en
día, en los movimientos sociales que utilizan la desobediencia civil, el
concepto de civil es una acepción de proyecto civil, lo que quiere decir
compromiso social y compromiso político, y aquí no estoy subrayando el término
compromiso, sino el de social y político. Es decir, que la desobediencia civil
trae sobre todo su razón de ser de la existencia de un análisis y de un
proyecto que al mismo tiempo supone un arraigo en una alternativa social, que
por serlo no puede no ser política.
Por ejemplo, los
movimientos sociales que acuden a la estrategia de desobediencia civil en
relación con proyectos de reconstrucción o liberación nacional, lo que
practican es esto: son civiles en el sentido de que quieren construir otra
civilidad, otra forma de organizar relaciones sociales, desarrollar una visión
del mundo que es en la mayor parte de los casos la de una cultura que no
encuentra su espacio. Y eso no puede ser alojado simplemente en la categoría
“acciones de tipo cultural” o “reivindicación de la identidad cultural”, porque
precisamente por serlo no pueden no tener una dimensión política. Naturalmente,
algunos de esos movimientos de desobediencia civil no se ocupan sólo de
reivindicar la normalidad para sus señas de vida, su lengua, su modo de
organización social..., sino que quieren también la dimensión política en el
sentido habitual; esto es, la construcción de una comunidad política, que ése
es naturalmente otro paso que puede ser coetáneo o simultáneo a lo anterior, o
puede ser el único paso que se da. Pero sobre lo que quería llamar la atención
es que para tener ese objetivo político no hace falta tener como objetivo la
construcción de un proyecto de comunidad política, se llame Estado o se llame
como se quiera llamar; porque uno de los problemas es naturalmente el intentar
repetir un modelo de comunidad política estatal-nacional, que no sirve a
ninguno y que además es la razón fundamental del desasosiego, de la
insatisfacción y de la necesidad de impugnar que una parte de los movimientos
de desobediencia civil en el sentido global tenemos o tienen. No nos vale la
alternativa bonista de un estado nacional que es insuficiente e inadecuado,
tanto en sus actuaciones en el orden de lo inmediato y cotidiano, como en las actuaciones
que nos interesan a todos en el orden global. Hay unos ejemplos clarísimos de
esto; por ejemplo, en la ecología (que no sólo es el medio ambiente) y en la
inmigración. En ambos casos, las estrategias de los estados nacionales están
evidentemente destinadas al fracaso, y por eso necesitamos otro tipo de sujeto
político, ahora en el sentido en el que habitualmente se utiliza en la noción
política, que desgraciadamente no asoma.
Entonces, yo creo que
quienes no tienen en cuenta esta segunda acepción de civil de la desobediencia
civil sufren desasosiego. Eso les causa incomprensión, e, inmediatamente, como
no saben cómo considerarnos o considerar a quienes apostamos por esa dimensión
de lo civil, nos dicen: “No, tú no eres un desobediente civil, porque tú no te
estás sentando para impugnar esta ley o esta actuación concreta de creación de
esta central química o de este pantano... Tú lo que eres es otra cosa y estás
en la idea de la rebelión, de la resistencia”. Estoy hablando siempre de los
bien intencionados; por supuesto, no hablo de los que quieren criminalizar a
toda costa, pero esto contribuye a que efectivamente, quienes quieren
criminalizar a toda costa la disidencia puedan sentirse reforzados en su única
respuesta, en la única respuesta que conjugan, que es la del miedo y represión.
Es difícil tratar de
explicar eso en foros que no son como éste (Jornadas sobre Noviolencia
Activa, donde la mayoría vivís mejor de lo que yo pueda explicar la
desobediencia civil). Cuando voy a una reunión de sensibilización o cuando
trataba de explicar en mis clases o en una facultad de derecho a los
estudiantes de que va esto de la desobediencia civil, es difícil, porque se
supone que la gente se está educando para lo contrario, y entonces tratar de
explicar la desobediencia civil a esta gente puede provocar que haya gente que
escriba en el periódico que “estoy envenenando las conciencias y malformado a
los estudiantes de derecho, que no podrán ser buenos juristas”. Pero yo creo
que si no se explica esto, esa gente jamás podrá llegar a entender el derecho,
sólo entenderán las leyes que funcionan y serán buenos mecanismos para aplicar
las leyes que funcionan. Porque un problema fundamental de la estrategia de la
desobediencia civil es cuál es la calidad del sistema judicial y no sólo del
legislativo cuando existe un sistema judicial viciado, en el que no se forma,
porque el sistema no es el sistema, sino la gente que transmite y encarna ese
sistema; es decir, los jueces. Cuando en las escuelas judiciales, centros de formación
continuada..., no hay ninguna cabida para una perspectiva en la que se
explique, por ejemplo, la razón de ser de los movimientos de desobediencia
civil, nos encontramos una respuesta completamente ciega, de tipo frontón, que,
a lo más, llega a decir lo siguiente: “Bueno, le voy a exigir las dimensiones
de lo civil como pacífico, noviolento..., y ahí me
quedo”. Y en la medida en que inmediatamente se pueda, ese resquicio que se va
a abrir permitirá la criminalización y contaminación
con cualquier movimiento de carácter ilegítimo al que se pueda asociar.
De los jueces, se
puede decir aquello que Einstein decía de sí mismo;
sobre todo, en la fase en la que participaba del proyecto Manhattan
y vivía en un estado de contradicción. Él solía mencionar un argumento de un
viejo diplomático llamado Sixtierna, que en una carta
famosa a su hijo le explicaba su trabajo y le decía que no se podía imaginar,
su hijo, con cuanta inconsciencia, ignorancia y mala fe se manejan los asuntos
fundamentales que nos afectan a todos, y, por tanto, cuanta fragilidad hay
entre aquellos que se supone deben darnos las respuestas. Y parafraseando eso, Einstein, en una carta a un amigo suyo italiano, Miquele Basso, decía que él se
sentía como el guardián del manicomio, pero
perteneciendo al manicomio, a la propia institución;
es decir, que él como científico implicado en eso, desempeñaba el papel de ser
uno de los asistentes a una institución loca, mucho más loca que los locos a
quien se trataba de custodiar.
Por eso, a mí me
interesa ir a
El problema
fundamental es que al no comprender eso se da más pábulo al argumento del
miedo, que también comentaban varios ponentes antes que yo. ¿Qué hago yo,
cuando hablo con gente que no sabe nada de desobediencia civil? Otro de los
aspectos que yo trabajo y no se ha incluido en mi generosa presentación es que
me dedico a explicar derecho con el cine, porque me parece un lenguaje y un
discurso común para casi todo el mundo, y me parece que el cine ofrece muchos
mejores argumentos que los códigos y la mayor parte de los manuales de derecho,
y que mediante algunas películas de pueden explicar y entender mucho mejor las
contradicciones del aparato jurídico, los recursos que ofrece y también las
dificultades existentes. En esa red de los que tenemos de enseñar derecho
mediante el cine y de escribir libros sobre cine y derecho, una de las cosas
que nos ha funcionado bien cuando se trata el tema del miedo es, por ejemplo,
utilizar la película “El bosque” de M. Night Shyamalan,
el mismo director de “Sexto sentido”. Se trata de una película que ha tenido
muy poco éxito, aunque a mí me parece la mejor. No es la más publicitada, y se
estrenó con el título completamente equivocado, lo que pudo ser parte de su
fracaso, pues su título original es “The village”, que es en la película lo contrario al bosque, el
pueblo.
Toda la película es
un discurso sobre una comunidad cuyo jefe encarna William Hurt
y al final de la película nos daremos cuenta de que es una comunidad
contemporánea y no una comunidad fundada por movimientos puristas o
minoritarios. Trata de un pueblo que mantiene un extraño pacto de no agresión
con las criaturas del bosque que rodea a la comunidad. De manera que toda la
vida está marcada por ese pacto que mantiene la seguridad de todo el pueblo, a
costa de no traspasar jamás los límites del bosque. En la comunidad hay dos
figuras que simbólicamente son muy interesantes: una chica ciega —es decir, que
no ve—, y Joaquín Fénix, una persona marcada por una historia de dolor y de
frustración, que ponen en cuestión la regla de juego básica de no impugnar la
regla del miedo y se atreverán en primer lugar a hablar y en segundo lugar a
hacer, a romper el tabú, la regla básica, jurídica y elemental de la comunidad,
que es no traspasar esa frontera. En muchos sentidos (dejando a parte las
cuestiones relacionadas con la eficacia del director, de los actores y
actrices), me parece una parábola que permite explicar el carácter genuinamente
democrático y constitutivo de la ciudadanía que tiene las acciones de desobediencia
civil. Explicando “El bosque” a personas que no conocen la desobediencia civil
y que creían que esta película sería de miedo, de marcianos (como “Señales”,
otra película frustrada de este director, seguramente porque el dinero lo ponía
Mel Gibson y él pretendía
darle un carácter más reaccionario), tenemos la posibilidad de explicar en
estos momentos particularmente duros (aunque yo creo que nunca se ha vivido un
buen momento) que no hay ciudadanía sin desobediencia civil, sin atreverse a
decir todos los “noes” que hay que decir. Esto no
quiere decir que todos debamos de decir todos los “noes”;
cada uno elegirá su “no” y luego eso traerá el problema de la dispersión que
antes he citado. La democracia no es democracia sin resistencia, no puede sobrevivir
sin resistencia: la democracia no es otra cosa sino la manera de organizar la
resistencia.
Ya sé que se pueden
dar muchas definiciones de democracia, desde canónicas y muy complicadas hasta
las bien articuladas, pero en el fondo yo creo que de la democracia no se puede
esperar mucho. Aunque Javier Sádaba me podría pegar
un capón en este momento, creo que desde el punto de vista de lo que los
clásicos llamaban “la construcción de la vida buena” —esto es, a lo que
aspiramos en el orden social y político: no a ser buenas personas cada uno,
sino a organizar una vida buena—, lo poco que puede proporcionar la democracia
es imprescindible, y eso que puede proporcionar es lo que Einstein
decía: “El freno al poder desnudo” —ya sabemos que el poder tiene diferentes
trajes, y este concepto no supone dar la clave del poder al partido político
que en cada momento está en el gobierno, ya se sabe que hay diferentes
escenarios del poder—. La democracia nos debe permitir esa limitada pero
imprescindible respuesta que es la resistencia, no de la manera en la que el
crío caprichoso dice “no” porque lo que quiere es afirmar su voluntad, sino
decir “no” porque uno no quiere aceptar algo que no es razonable, algo que no
tiene que ver con aquello que uno quiere encontrar y aportar como “forma de
vida buena”.
Y aquí insertaré la
única incursión que como profesor haré mañana, citando lo que Herodoto y Olivio consideraban
las tres igualdades constitutivas de la democracia, sin las cuales no hay
democracia. La verdad es que actualmente no se dan, nos acercamos a un modelo
de democracia pero las democracias reales están lejos de ese modelo. Estas tres
igualdades de las que hablaron hace tanto tiempo son
El problema,
entonces, es que son tan visibles las deficiencias de esas condiciones que no
nos permiten aceptar como democracia lo que existe realmente —sin dejar de
reconocer el avance que hay, ya que es un paso, pero no os pueden decir que es
el horizonte intraspasable—. Son tan visibles las diferentes razones por las
que el vigente proyecto de civilidad es insostenible, que cuando tenemos que
luchar por la civilidad se produce una dispersión de argumentos y de luchas.
Por ejemplo, es
insostenible que podamos hablar de civilidad con un derecho, unas leyes, unas
instituciones, un sistema productivo que fija la desigualdad de género. Y,
también, hay que reconocer, aunque se diga que plantear esto es una demagogia y
una irresponsabilidad, que es insostenible que podamos hablar de civilidad con
un derecho, unas leyes, unas instituciones, un sistema de mercado global... que
excluyen a los seres humanos de la libertad y del derecho a ser inmigrante. Ese
derecho no existe, el artículo 13 de
En relación con el
Sumario 18/98, yo creo que nos encontramos ante “La prueba del
El Estado, las
decisiones de los partidos políticos, de los jueces, de todo lo que constituye
la base del ordenamiento político y jurídico hacen eso: desarrollar un
proyecto, pero no hay democracia si sólo ellos tienen el derecho a hablar y a
luchar; si a los demás se les niega el derecho a hablar y a luchar, en los
límites de la desobediencia civil, esto es en la noviolencia
y el respeto de los derechos. Lo que desnuda este sumario es la voluntad de no
conocer ni ampliar aquello que constituye la raíz misma de la democracia, y,
por eso, es necesario que lo que vaya a ocurrir en el juicio obtuviera la
máxima publicidad. Si el sumario sigue con la lógica de la parte de instrucción
que conocemos, lo que se muestra es su obsolescencia o caducidad, una radical
incongruencia incluso con el modo de organizar los principios de legitimidad
que la propia Constitución del 78 —que se supone inspira esas actuaciones—
ofrece.
Para muchos de
nosotros,
Algunos creen aún que
todavía existe el derecho natural y lo defienden. También lo creían los que en
los campos de concentración decían “el trabajo os hará libres” o “a cada uno lo
suyo”, también los que hoy han creado el derecho penal del enemigo, que es lo
que se está aplicando en el sumario 18/98. El derecho penal del enemigo que se
aplica en este sumario es un modo de construcción hitleriano
construido por juristas nazis y que consideran y justifican que hay gente que
por sus ideas, por sus proyectos o por sus rasgos de identidad no pueden ser
juzgados por el derecho común. En consecuencia, no valen sus garantías, no vale
la lógica ni las reglas del juego del derecho común, y para esas personas debe
existir un orden excepcional. Este orden excepcional se está aplicando hoy en
día en el ámbito de la inmigración, donde se da una laguna jurídica brutal,
donde no valen las reglas comunes del Estado de Derecho, empezando por el
principio básico de que el silencio administrativo es positivo. En democracia,
la razón la tiene siempre el ciudadano, no la administración; por lo tanto, si
la administración no contesta, la razón la tiene siempre el ciudadano. Eso es
el silencio administrativo positivo, pero no vale para los inmigrantes.
Un profesor de lo que
en mis tiempos de estudiante en la universidad se llamaba Derecho Natural, nos
explicaba que el derecho sirve muy poco como instrumento de emancipación
social. El derecho es más bien lo contrario, es un instrumento de mantenimiento
del “status quo”. Como decía el viejo poeta griego, “a los juristas hay que
enseñarles a funcionar entre las mallas de la red del derecho”, porque el
derecho cae sobre la mayoría de la gente como una red que aprisiona en vez de
como una red que libera. Como por aquel entonces todavía no se había filmado la
tercera parte de “El padrino”, mi maestro de lo que actualmente se llama Teoría
del Derecho no conocía esa escena que yo utilizo con mis estudiantes el primer
día de mis clases para parafrasear esa vieja lección. En esa escena, Andy García va a conocer a Al Pacino,
que está reunido con sus tenientes, y uno de los tenientes de la vieja guardia
le dice al Padrino: “Tenemos que reclutar más gente”. Lo que le responde Al Pacino es: “Lo que necesito no son gangsters,
son abogados”. De esta manera, pretende navegar entre las mallas de la red y
burlar el derecho, y lo hace tan bien, que como su principal problema es lavar
el dinero, lo que hace es invertir en el Vaticano, porque es quien lava más
blanco. De esa manera se legaliza, y la malla del derecho en vez de
aprisionarle le sirve como trampolín. Por eso, quiero que mis estudiantes
entiendan que lo importante no es el derecho, sino que lo importante es como
utilizar eso para construir o ayudar a construir vida buena, y que para eso no
es tan importante lo que el derecho diga, sino que pueda ser utilizado para
proponer, trabajar y luchar por esas alternativas.